Opinión

El aliento de la rémora

Esperanza Aguirre, que no tenía nada que hacer esa tarde, inauguró las jornadas de hostigamiento a la sede del PSOE exhortando a la parroquia a cortar el tráfico, trasponiendo las vallas policiales de protección. ¿Esta señora ya era así, tan disruptiva, cuando ocupó cargos institucionales de tanto fuste como el de ministra, presidenta del Senado y de la Comunidad de Madrid? ¿Ya era así?

Puede que la intención de la condesa que no tenía nada en la agenda aquella tarde no fuera la de alentar a las bandas fascistas y neonazis de la capital a concentrar su odio a la democracia en la calle de Ferraz, dejando en ella cada noche, desde entonces, vandalizado el mobiliario urbano y lastimados decenas de agentes del orden, pero, aun no pretendiendo semejante cosa, las alentó. Pero no ha sido la única (si bien nadie puede disputarle el discutible honor de haber sido la primera en saltar la barrera), pues ese aliento a los energúmenos del “una, grande y libre” les ha ido llegando por la vía de la “comprensión”. De Ayuso, de Feijóo, que no condenan sus actos con rotundidad, y mucho más explícitamente de Abascal, que parece haber perdido el oremus pero no la peligrosidad, expresada en su llamamiento a la desobediencia de la Policía Nacional.

Estos disturbios al socaire de una supuesta contestación a una ley que no existe, nada tienen que ver, precisamente porque no existe, con esa nonata ley de amnistía que se les antoja desintegradora de la patria, de su patria, de esa que es solo de ellos y en la que no caben ni “los putos rojos” ni, ya en el cénit de su delirio, el propio rey Felipe, por “masón”. No, esos disturbios son los disturbios desestabilizadores de siempre, y siempre contra la democracia, contra la política, contra la libertad, contra la Constitución, y siempre cuando gobierna o pretende legítimamente gobernar la izquierda.

Algunos de quienes han alentado con su silencio o su “comprensión”, voluntaria o involuntariamente, a esas rémoras del pasado, les tildan hoy, para exonerarse de responsabilidad, de reventadores y de incontrolados. En lo primero, aciertan, pues su evidente propósito es reventar las costuras de la convivencia, pero en lo segundo, en lo de incontrolados, no.

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