Opinión

Rutas nuevas

Hace pocos días hice una ruta fluvial nueva.

Caminar a la vera de un río no solo es uno de esos placeres antiguos que aún es posible ejercitar, sino que nuestro cuerpo, que evoluciona a su ritmo propio (mucho más lento que el de nuestra civilización o nuestra cultura), conserva intactas las cualidades anatómicas que se lo permiten, al menos en un rango de edad y en unas condiciones aceptables de salud.

Este ejercicio, para el cual seguimos diseñados, incluso bajo el imperio de lo digital y lo tecnológico, es, como digo, motivo de goce y reencuentro con lo que en el fondo somos: animales que caminan, observan, y aprenden.

Estas y otras rutas para un senderismo cada vez más practicado, son promotoras de la salud corporal y de la reflexión sosegada, que por lo general es la más eficaz.

Sería de desear o incluso exigible, que en la medida de lo posible, las orillas de los ríos se mantuvieran libres y expeditas para el caminante. Caminar por los muy variados caminos que la Tierra nos ofrece, es asombrarse y aprender de lo que vemos, amar nuestro escenario único e irrepetible, e inclinarnos a defenderlo.

Hacer una ruta nueva y sin prisas (con mochila, bastón, y bocadillo) es caminar con la sensación de aventura en cada paso, a la espera de sorpresas en cada recodo del camino.

La primera sorpresa en la ruta fluvial del otro día, fue que me cayó y me caló (la parte no impermeable) la primera lluvia de abril. Pero por un lado hay que considerar que esa lluvia, en las circunstancias actuales, es una bendición del cielo. Además la temperatura era buena y corría el aire, de forma que al poco tiempo ya estaba seco, con el añadido, a modo de propina, de que esa lluvia fina, repiqueteando sobre la capota del chubasquero, con ritmo manso acompasado a nuestro paso, tiene encanto, o sea magia natural.

Debido a la lluvia, en contacto con una tierra emergente y llena de energía, el ambiente se difuminó por unos momentos (luego se abrió otra vez a los rayos del sol) con una niebla o sfumato, que hacia los contornos imprecisos, como envueltos en humo, muy favorables a ver presencias. Y presencias había de sobra, de duendecillos variados, desde el mirlo barítono, muy numeroso, al azulón deslumbrante, pasando por la garza blanca, discreta y espiritual, y alguna bandada de jilgueros juguetones, o incluso un martín pescador como una flecha metálica cruzando el río a ras del agua.

En los momentos abiertos al sol, en el cielo azul, gran cantidad de milanos negros, realizando sus acrobáticos vuelos de cortejo, y emitiendo ese grito característico, que a mí al menos me recuerda a una especie de relincho.

Con el tiempo y la observación, hasta los urbanitas nostálgicos de su campo infantil (siempre el paraíso perdido y a veces recobrado), distinguimos entre un milano negro y un milano real.

El goce de la ruta nueva está en las sorpresas que depara, pero también en la promesa de que conocido y dominado el territorio de la mejor manera que se puede dominar y conocer (a pie y al ritmo lento, humano, que impone la caminata), se repetirá.

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