Opinión

Que nada se sabe

El otro día, quizás movido por la nostalgia, quise comparar retrospectivamente y en mi fuero interno (creo que se dice así) el programa "El hormiguero" de Pablo Motos, tan renombrado hoy, con el programa "La clave" de José Luis Balbín, tan renombrado en su día. A lo mejor no son términos comparables, pero ya digo: cedí a esa nostalgia tan propia de estas fechas.

¿En ese contraste tan notable que se percibe entre uno y otro programa -ambos exitosos- se cifra nuestra decadencia del gusto?

Un buen lema para el programa de Balbín habría sido el título de una de las obras de Francisco Sánchez (1550-1623), uno de nuestros filósofos escépticos de mayor renombre: "Que nada se sabe". Que ya es saber mucho y que nos recuerda aquel otro lema "sólo sé que no sé nada" de Sócrates.

Como una de las premisas de cualquier debate es el reconocimiento colegiado de lo limitado y precario de nuestro saber, los participantes de los programas de Balbín se ponían a debatir sesudamente para dar entre todos con la clave y el meollo del asunto. La verdad es que era un programa que enganchaba, y animaba no solo a la reflexión sino también a la lectura. Y al buen cine.

Casi igual a lo que vemos hoy, cuando la telebasura made in USA nos ha invadido con resultados muy parecidos a los que allí se vieron: turbas agitadas por una frenética locura.

Y no es sólo la telebasura.

No pidas a alguno de nuestros filósofos endiosados de hoy una miaja de duda sobre lo que afirman con tanta rotundidad y prodigando insultos. De momento no nos atizan con el rosario, pero ya falta menos.

Da igual que hablen sobre el cambio climático, negándolo, las pandemias sobrevenidas, negándolas también, o la naturaleza inefable de las dictaduras progresistas, esa cantinela tan insulsa y tan de moda. A falta de realidad y datos, tiran de retórica y estilo.

Pero la lógica sigue guiando el camino. Pocos movimientos políticos más justificados en nuestra historia reciente que la respuesta indignada a la estafa financiera de 2008. Lo normal ante una estafa es que los estafados se enfaden. Hasta ahí era lo esperable. Lo raro vino después.

Pocos movimientos institucionales más injustificados, más fuera de lugar, y más agresivos que la respuesta reaccionaria a esa respuesta indignada. Esa reacción adquirió enseguida tintes delictivos mediante la acción conjunta y coordinada de cloacas policiales, lawfare, y la participación de varios medios venales, en una campaña de acoso, bulos, e intoxicación, contra los que protestaban.

Este 16 de diciembre El País publicó un editorial, "Persecución a Podemos", que lo describe y lo deja muy claro: pocas páginas más oscuras que esta en la historia de nuestra democracia sincopada.

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