Opinión

Orfandad

Un hecho ilustrativo de nuestro momento sociopolítico es la orfandad de las reivindicaciones que más preocupan a los ciudadanos, que a su vez traduce la invisibilización (invisibilidad deliberada) de los problemas, y todo ello progresando hacia un deterioro de la trama social que pone en riesgo la integración de una sociedad en constante tensión.

Es un problema serio –y dice mucho de la gravedad del momento- que muchas  de las organizaciones e instituciones teóricamente encargadas de gestionar la denuncia de los problemas y reclamar su solución, formen parte de un sistema cuyo principal gesto al día de hoy es mirar para otro lado y proclamar que todo va bien. A mayor coalición de la ceguera institucional, mayor intensidad de la protesta social.

Esos instrumentos de la reivindicación están muertos, aunque bien financiados. Nos recuerdan esos cadáveres a los que se mantiene en vida aparente - ya solo vegetativa- gracias a un flujo constante de subvenciones y dineros públicos, útiles solo para maquillar la situación real y frenar la protesta. Son parte del sistema, ese núcleo de poder autónomo, y su única función es defender los intereses de ese coto cerrado. Son -para utilizar un lenguaje protocolario- la corte áulica, experta en besamanos y sofocar incendios. No es extraño por tanto que la Historia, que no se detuvo en la estación convenida, les esté pasando por encima.

“No nos representan” fue y sigue siendo el grito de la realidad frente a la apariencia pactada. Sólo así se explica esta floración espontánea de protestas en los prolegómenos de una primavera que de nuevo se adivina inestable.

Los movimientos de protesta de las mujeres, de los pensionistas, de los interinos de los servicios públicos (estafados sistemáticamente, según Europa), han descolocado y puesto en evidencia a partidos políticos y sindicatos que en un intento patético y bastante hipócrita de cubrir las apariencias, solo demuestran la servidumbre de sus ataduras y la huera realidad de su tramoya.

En el caso de los Interinos de los servicios públicos, solo desde un criterio muy bien pagado (verbigracia el de algunos sindicatos) puede entenderse que las consecuencias de un fraude de ley sistemático y de larga duración, que ha afectado a miles de trabajadores públicos, tengan que pagarlas sus víctimas.

Ante este nuevo "liberalismo" de compadres que solo defienden lo suyo y se rescatan entre ellos, la sociedad real si va por libre.

Por un lado va el "reino" de España. Por otro lado va la sociedad.

Están huérfanos, pero son imparables.

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