Opinión

No es para siempre

Los profetas se estrellan (sobre todo los que viven de la mentira) porque las cosas no son para siempre, como muy bien sabía Heráclito.

La desventaja que tiene este atrevimiento en el ejercicio de la adivinación es que el tiempo que media entre su profecía y la comprobación de los hechos, es cada vez más corto. Vivimos tiempos acelerados.

Distinta cosa sería si entre la profecía lanzada y su posibilidad de comprobación mediara toda una vida, porque entonces el que lanzó aquel augurio podría muy bien gozar de crédito y título de profeta durante toda su vida, mientras no se demuestre lo contrario. Pero para muchas de las cosas que hoy nos enfrentan con visiones distintas de cómo deben hacerse las cosas en función del resultado que prevemos, el tiempo de la confirmación o el desmentido es cada vez más corto.

Esto es bueno y conviene tenerlo en cuenta, incluso para resultados hipotéticamente lejanos como los derivados del cambio climático, que además en este caso concreto son ya menos una posibilidad del horizonte futuro y más una constatación del tiempo presente. Los récords climáticos que estamos batiendo se pisan la sombra unos a otros en un carrera alocada.

Al respecto de los proyectos políticos en un contexto de democracia, la reflexión debería ser la misma. Los resultados de las urnas, gracias a Dios, no son para siempre (esto debería mitigar tanta desesperación histérica de los que pierden y tanta manipulación de la ignorancia y las pasiones), y desde luego los que asumen (porque han ganado) la carga de representar y defender un programa político saben que tienen a su disposición un plazo acotado de tiempo para demostrar sus beneficios, y que tendrán que rendir cuentas. Y es solo en función de esas cuentas, interpretadas por la totalidad de los ciudadanos que acuden a las urnas, que renovarán su mandato o serán rechazados.

Para que luego digan -los de siempre- que la democracia es un mal invento y es preferible la dictadura.

Lo primero que debe llamarnos la atención en el revuelo actual es que los mismos que niegan la existencia de "lawfare" en nuestro país, luego consideran que el Tribunal Constitucional no es independiente y actúan como si no existiese. Dice el refrán que "piensa el ladrón que son todos de su condición".

Solo desde una situación cochambrosa de nuestro régimen puede contemplarse con indiferencia, con normalidad, y casi con comprensión, que un partido que implementó unas cloacas policiales para ocultar sus crímenes y proteger a sus políticos corruptos, monte ahora unas manifestaciones para reclamar el respeto del principio de igualdad ante la Ley.

Fernández Díaz, ministro del interior de Rajoy, lo está haciendo ahora de otra forma y desde otro sitio: reclamando que alguien más en su partido, y no solo él, pague por lo que él hizo dentro de un tejido bien coordinado y jerárquico de corrupción.

Y sólo desde la cochambre moral y política puede entenderse que los mismos que pusieron todos los obstáculos que pudieron al esclarecimiento de los delitos del rey emérito, o conociéndolos no dijeron ni pío, hoy se desgañiten y reclamen, incluso con violencia, el principio de igualdad ante la Ley.

Hipocresía en grado sumo, inspirada por el fanatismo político y no por el respeto al estado de derecho o a la democracia.

Umberto Eco publicó en 1997 su obra "Cinco escritos morales". Es esta una obra de lectura muy recomendable, plenamente vigente y que parece escrita hoy para nosotros mismos.

En nuestro tiempo y entre nosotros abundan aquellos que ponen el nombre de dictadura a cualquier cosa, banalizando el término y haciendo bueno el refrán arriba señalado:

"Cree el ladrón que son todos de su condición".

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