domingo 17/1/21

Incoherencias

No deja de ser curioso y preocupante (por incoherente) que los mismos que antaño exigían y veían con fruición que se cortaran las alas de los servicios públicos ahora les reclamen que vuelen. Y sorprende que los mismos que exigían suprimir el Estado del bienestar como parte del programa neoliberal, ahora se horroricen ante el malestar reinante.

Esto de amputar pies y manos a los servicios públicos (porque es lo posmoderno) y luego pretender que estos servicios sean ágiles y diligentes, es como pedirle peras al olmo. Y si además vemos con buenos ojos que aquí hasta el Rey defraude impuestos, dando así ejemplo patriótico de responsabilidad solidaria al resto de la ciudadanía, ya es para nota.

Esperemos no errar de nuevo en el tiro (el empecinamiento en el error suele traer malas consecuencias), y esperemos que esa Europa arrepentida de una Merkel melancólica haga su “refundación” de una vez por todas, dejando el proyecto neoliberal allí dónde le corresponde: el cubo de la basura.

La inquina contra el Estado del bienestar, el acoso y derribo de los servicios públicos, nos ha traído hasta aquí, un lugar a la intemperie dónde la reflexión sobre los errores cometidos se impone de forma urgente.

La que se decía Europa nueva y arrepentida (arrepentida del neoliberalismo y del austericidio) nos aseguró a través de su principal impulsora, Ángela Merkel, ser consciente de los graves errores cometidos, y que lo que empezaba ahora, tras el fiasco neoliberal, era una Europa nueva más social, es decir, más socialdemócrata y más fiel a sus orígenes.

Es cierto que hubo países piratas, de esos que le sacan jugo al dumping fiscal y a otras trampas del capitalismo salvaje (partidarios de recortar el Estado del bienestar y los servicios públicos), que desde el principio se opusieron a esa refundación, y al objeto de poner palos en esa rueda propusieron nuevas condiciones austericidas (recortes draconianos sobre pensiones, derechos laborales, etcétera), recortes que en su labia de camuflaje llaman “reformas”, destinados sobre todo a los países del sur, entre ellos España.

Lo incomprensible y preocupante es que aquí, entre nosotros, víctimas propiciatorias de esas políticas de inspiración plutócrata, hay acérrimos partidarios (por lo que parece) de continuar ahondando en el error hasta que no quede ni el apuntador. La ristra de desastres que vamos encadenando no parece suficiente para hacerlos recapacitar.

Y no solo estos, sino que el gobierno mismo, votado en las urnas para cumplir un proyecto progresista, que es la cara opuesta de la involución neoliberal, no parece tener fuerza ni autonomía suficiente para hacer frente a este nuevo intento de reinstalar entre nosotros una política vieja y perjudicial. Lo vemos en la forma en que va abandonando (y defraudando) uno a uno sus objetivos de cambio y mejora: las pensiones, la reforma laboral, el salario mínimo, la lucha contra la corrupción (negativa del PSOE a investigar al rey demérito), la gestión de la electricidad, el gas, etcétera.

Es claro que Podemos no tiene fuerza suficiente en el gobierno para corregir esa deriva. Por eso esta señal de alarma tiene que ir dirigida directamente a Pedro Sanchez, comprometido con sus electores en una política de avance y no de retroceso.

Este gobierno ya se mostró débil cuando doblegada la curva de la primera ola de la pandemia (gracias al confinamiento), la patronal ejerció una enorme presión para que se llevara a cabo una desescalada rápida. El gobierno sabía y muchos expertos lo advertían que no se contaba con los medios y la logística para efectuar la desescalada con la rapidez que exigía la patronal. Entre otras cosas debido a los recortes que esa misma patronal siempre ha apoyado.

Se necesitaban sanitarios suficientes, rastreadores, una atención primaria potente, y no los había. A pesar de ello el gobierno cedió a la presión de la patronal y como consecuencia de esa precipitación en la desescalada pronto nos vimos inmersos en la segunda ola de contagios y muertos.

Y se ha vuelto a mostrar débil en estas fiestas navideñas, en las que se han relajado restricciones para “salvar la Navidad”, cuando todo indicaba que tal actitud tendría consecuencias graves.

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