Miércoles 14.11.2018

Golpes

La vida está llena de golpes, unos más secos y otros más blandos (dictaduras y dictablandas), unos estimulantes y otros invalidantes, unos que se quedan a medias, para advertir o amedrentar, y otros que se completan, para hundir o aniquilar.

No conviene confundir una contrariedad con un golpe, ni una mafia con un Estado.

Lo de la banca fue un golpe, no de la vida sino del sistema. Me refiero al rescate de sus fraudes con el dinero de todos (que no han devuelto). Según la tesis oficial, no hubo rescate, por tanto no se devuelve nada. Ya lo habrán notado en sus bolsillos.

La amnistía fiscal abundó en esa misma lógica golpista que confunde un golpe con una contrariedad. Lo último de las hipotecas y el tribunal supremo, suena también a golpe, por los mismos autores y parecidos mecanismos. Se completa así, sin cerrarse del todo, un círculo de infamias apabullante, capaz de hacer ver hasta a los ciegos. Milagro.

Lo normal seria (o lo era antes) que los bancos nos pagaran por dejarles nuestro dinero en depósito, al que sacan, por cierto, un jugoso beneficio. No es el caso. Les pagamos nosotros a ellos por explotar nuestro dinero, con grave riesgo incluso de perderlo todo y de "golpe". En un visto y no visto. Así están las cosas. 

Comulgar con tamaños absurdos y a diario, primero intoxica y luego atraganta.

Si afrontamos la cuestión desde el punto de vista de la física pura, el golpe (cualquier golpe) es un arma de doble filo, porque al fin y al cabo es el balance entre dos impactos. Tan impactado resulta el que recibe el golpe como el que lo da. Cuando Merkel dio un golpe contra nuestra Constitución, quedó desacreditada tanto ella (símbolo de "esta Europa nostra"), como nuestra Constitución soberana. Lo de soberana es un decir.

El mismo esquema se observa en el asunto Villarejo, chambelán de las cloacas estatales.

El chantajista de los sumideros puede chantajear al Estado, y de hecho lo hace, pero por una razón muy sencilla: primero, el comisario es un  patriota (de las cloacas); segundo, el Estado era la cloaca máxima. O dicho de otro modo: la cloaca era la patria a defender.

Hubo quien dijo: "El Estado soy yo". Hoy nuestro Estado puede asegurar: "La cloaca soy yo y viceversa". Todo huele a patria, pero huele mal. Las moscas revolotean olisqueando la podredumbre.

El comisario que todo lo grababa (un historiador en ciernes) se descubre y se reconoce delincuente al desnudar y dejar en paños menores al Estado delincuente. Un solo golpe, dos impactos.

En este sentido resulta patética la pirueta de algunos editoriales de prensa que cargan tintas contra el comisario chantajista que se va de la lengua (no es para menos), hasta casi disculpar al Estado delincuente, al que hay que proteger de los chantajistas. Esto no es de recibo. ¿Nos tomáis por tontos?

¿Proteger al Estado delincuente? ¿Y quien protege a los ciudadanos del Estado delincuente que trae de fábrica al comisario chantajista?

La omertá oficial y el "sistema" viven un momento de auténtico pánico, casi terror. Van cayendo piezas importantes. Se saben frágiles porque se saben corruptos. Temen a la cloaca porque son la cloaca.

Viene esto a cuento porque alguna explicación lógica habrá que buscar al malestar que nos inunda.

¿Se les ocurre alguna?

Un malestar crónico y ubicuo, intenso y extenso, como es este, no se cría así porque si ni de la noche a la mañana. Requiere razones sólidas y tiempo de maduración.

El lenguaje "oficial" intenta camuflar a toda prisa ese malestar, pero con escaso éxito. Por ejemplo, "entorno propicio" significa en ese lenguaje doble, que el trabajador (ya no hay clases, pero si trabajadores) debe ser dócil y sumiso a su explotación, de la misma forma que el ciudadano responsable debe soportar la corrupción con paciencia cristiana. 

En la misma línea, "a largo plazo" significa que el trabajador explotado nunca alcanzará su recompensa, mientras que los delincuentes que nos estafan y roban siempre alcanzarán la prescripción de sus delitos. 

En eso consiste el "sistema", el "entorno propicio", y el "largo plazo".

Aunque el malestar suele ser coherente con sus causas, casi siempre es caótico en sus consecuencias. Estas casi siempre toman la forma de un torbellino confuso o de una reacción en cadena, en todo caso impredecible. La crisis catalana es una de esas consecuencias caóticas. Una entre varias. Tienen en común todas ellas que se sabe cómo empiezan pero no como acaban. 

El malestar puede ser difuso y disperso durante mucho tiempo, singular e inconexo, particular y aislado.

Como en el sfumato de un cuadro, cada partícula resulta invisible al ojo, pero agregadas en la corriente del tiempo y concentradas en el espacio "propicio", adquieren la cualidad de una niebla sólida que de la noche a la mañana cristaliza en montaña amenazante. No se trata de un milagro de la naturaleza, se trata de una desidia de la percepción. De un no haber estado atento y vigilante, de una desgana, de una corrupción consentida y consensuada. 

He ahí el consenso.

Cuando a un golpe concreto sigue otro no menos compacto, y así sucesivamente se encadenan uno tras otro sin que nadie ponga freno, estamos ante una lluvia de golpes que alguien puede confundir con un chirimiri o con una niebla, algo tan inevitable como una atmósfera o un escenario, pero en realidad se trata de una inundación en potencia que puede arrasar con todo.

Habiendo sido tan blandos y tan dóciles por tradición con los golpes de Estado que nos han dado, el último el de los cuales corresponde al de bancos alemanes contra nuestra Constitución soberana (Merkel ya se va: podíamos intentar recuperar esa soberanía perdida una noche de invierno), y siendo incapaces algunos políticos aún de reconocer los precedentes golpistas de Franco y sus colegas de armas (estos si que iban armados, bien financiados y pertrechados de ingente número de mercenarios); permaneciendo en la duda y en la sombra todavía, así como en el secreto oficial, los engranajes y tejemanejes del 23 F (que fue un golpe, con armas, tiros y tanques); siendo los poderes financieros, bancos y empresas multinacionales las que deciden nuestra política económica y energética, nuestros recortes sociales y el futuro que nos aguarda, en lo que es un golpe perpetuo del dinero contra nuestra democracia; y siendo incapaces no solo de enjuiciar sino aún de investigar los delitos de nuestra monarquía, que se declara oficialmente impune para reconocernos a nosotros mismos siervos, no nos queda mucho margen de maniobra para afrontar con una mínima credibilidad y coherencia el problema catalán en su última recidiva.

El episodio Cospedal también se queda a medias (*), en un sfumato neblinoso en el que a las dimisiones mínimas que cubran de más sombra la apariencia, se unen los aforamientos máximos que protejan de la pena. Ya vamos sabiendo para que sirven dichos aforamientos. Cospedal y Casado, maestra y discípulo, aforados ambos, cofrades y compadres, como en el patio de Monipodio.

Con un mínimo interés que tuvieran en el bien de la patria (patriotismo lo llaman), ambas conocedoras de los asuntos de Villarejo, ministra Dolores Delgado y Dolores de Cospedal, deberían dejar la política e irse a su casa. Con más razón si el conocimiento que tenían de los asuntos del comisario era tan directo y próximo que rozaba la implicación, la complicidad, o la inducción al delito. Esto parece sugerir el último caso. 

¿Actuará la fiscalía?

Pero la guinda a este pastel la ha puesto el supremo en su actuación última (o penúltima) a las órdenes de los bancos. El descrédito de nuestra justicia es ya invalidante.
Muchos ciudadanos españoles miran a la justicia europea como último refugio para la justicia que anhelan. Quizás ahí acabe el conflicto de las hipotecas. Y ahí es donde se mueve también, y desde hace tiempo, el problema de los miles de interinos españoles estafados por las administraciones públicas, en un fraude de ley inspirado por una explotación rastrera prolongada en el tiempo, oculto tras su propia niebla. Una niebla en la que han colaborado políticos corruptos, gestores impunes, sindicatos verticales, y tribunales de poco fiar. Son demasiados golpes.

Supongo que estos hechos se observan desde fuera con el mismo espanto con que los vemos desde dentro.

Hasta los ciegos comienzan a ver.

(*) Cuando se escribió este artículo, Cospedal aún no había dimitido de su escaño.

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