Opinión

Élites

Hablar hoy de "elites", cuando el término "populismo" es el espantajo más fácil, es arriesgado.

José Mujica decía al respecto: "A cualquier cosa que molesta lo llaman ahora populismo... la usan para un barrido y un fregado".

“Populismo" es palabra que hoy se usa con abundancia para ocultar una responsabilidad clara: el caos y el desorden provocado por las pseudo-elites.

Pero empecemos por el principio mencionando un hecho sintomático de este mal: el hecho de que nuestro anterior monarca (y jefe de Estado) haya practicado con total impunidad la evasión de impuestos para no pagarlos en el país del que era representante máximo, contribuyendo así a dividir a los españoles entre los que pagan religiosa y patrióticamente sus impuestos y aquellos otros (con él a la cabeza) que los evaden, es sin duda un hecho extraordinario en cuanto que desnuda y pone al descubierto una jefatura del Estado que sin ambages podemos calificar de "separatista".

Toda una proeza, no solo de hipocresía sino de irresponsabilidad por parte de su protagonista, y de aguante dócil (todo hay que decirlo) por la parte que nos corresponde, que asistimos al hecho como un coro muchas veces mudo y siempre impotente.

En un intento de normalización de esta y otras anormalidades que nos han de envenenar la normalidad civil, una política de nuestra actualidad, Díaz Ayuso, musa de los negacionistas conspiranoicos cuando así convino, y cuyo modo de discurrir es tan creativo como las variaciones rítmicas de las maracas de Machín, dijo en su momento que a ver si nos habíamos creído los españoles que éramos todos iguales ante la ley (una pretensión extravagante al parecer), reivindicando con firmeza los privilegios de la clase noble.

Últimamente, atemperada en su ímpetu en pro de los privilegios de la sangre azul, ya solo exige que se sea generoso con el delincuente (emérito).

Y sin embargo, ella misma insiste en esa ofensiva separatista y disolvente intentando que España se rompa en su ligazón fiscal. Madrid y el dinero madrileño lo primero. España solo si hace al caso y de refilón. He aquí un ejemplo mas de eso que podemos llamar las "élites".

Pero sigamos.

Creíamos estar curados de espanto y haber visto ya la cara más oscura del "liberalismo" ultra a raíz de la estafa financiera de 2008 y el austericidio subsiguiente. Remedio contraproducente y nocivo que se aplicó sobre todo (pues era de carácter selectivo) a las clases medias y populares, aunque los estafadores que perpetraron aquel desfalco pertenecían seguramente (si nos guiamos por su tren de vida y sus finas maneras de tahúr) a otra clase muy distinta: la de los que reivindican la "libertad" de delinquir como privilegio de clase. Que de aquí arrancan muchas proclamas supuestamente "liberales", reconocidamente tóxicas y demagógicas.

Tan convencidos están de que es así, y de que ese privilegio debe formar parte de nuestra costumbre, que los representantes políticos de esta clase de los tahúres, unos proclaman y defienden con orgullo el ejercicio del delito, y otros (y otras como en el ejemplo mencionado) exigen que se sea generoso con el delincuente, paso previo a su normalización. O sea, que aceptemos de una vez por todas que ciertos delitos deben quedar impunes y reservados, como privilegio natural, a una clase privilegiada. Algo así como un "Viva las caenas" adaptado a los tiempos posmodernos del precariado y la telebasura.

Siendo esto preocupante desde cualquier punto de vista, histórico, político, económico, o sociológico, aún nos aguardaban sorpresas en este proceso acelerado de falseamiento y adulteración de la palabra "libertad" (quién te ha visto y quién te ve). Y es que aquel desfalco global, “libre” y desregulado de 2008, que tanto nos hizo retroceder en la Historia, y que tan grandes ventajas proporcionó desde entonces al bando de los golfos, ocurrió antes de la pandemia de covid-19.

Llegó esta a sangre y fuego, y esos mismos que nos hundieron en la miseria de una gran recesión para enriquecerse a manos llenas, intentaron superarse en su ruindad con ocasión de una catástrofe sanitaria (nada menos que una pandemia) en la que los muertos se produjeron no solo en mayor número (hasta contabilizar millones de víctimas) sino a mayor velocidad, y por tanto de forma más visible que en la anterior estafa financiera.

Sobre todo, y sin pararse en escrúpulos de ningún tipo (vivir sin complejos ni cargos de conciencia es parte de su programa mental), intentaron aprovechar políticamente esta desgracia colectiva en un momento en que la marca que mejor les definía a ellos como "élite" (falsa y posverdadera) era la corrupción total y desbocada.

Pero claro, aprovechar políticamente una desgracia con cientos de miles o millones de muertos (según el ámbito geográfico enfocado), aquellos mismos que contribuyeron de forma importante a su origen y mala evolución, no es tarea fácil.

Aunque todo depende.

Habrá quien argumente que es tarea difícil o muy fácil, dependiendo del auditorio y su capacidad crítica. O lo que es lo mismo, de su capacidad para discernir entre la realidad de los hechos y las manipulaciones más disparatadas y groseras.

Podría pensarse que hoy en día el grosor y la materia infame de esos bulos es tan torpe y evidente que ese discernimiento es tarea al alcance de todos.

Sin embargo, la sorpresa mayúscula de nuestro tiempo técnico y científico, ha sido el terreno fértil y abonado (de una credulidad tan obtusa como pueril) en que esos bulos han ido a caer y medrar.

¿Puede achacarse ese ínfimo nivel de juicio y criterio a la emisión y consumo masivo de telebasura a la que desde hace muchos años están sujetas amplias capas de la población? ¿Podría haberse evitado esa credulidad indefensa, si ese consumo masivo fuera desde hace años, no de telebasura sino de libros variados y bien escritos?

En este sentido, tanto los emisores del mensaje (y el mensaje a inculcar es que la culpa de todo es de este gobierno de herejes) como los receptores del mismo, venían ya de una larga práctica de posverdades y bulos, como la mejor tapadera para su corrupción. Nada más natural que seguir en la misma línea de intoxicación. Que desde hace tiempo es la línea característica de los elementos más llamativos y estridentes de nuestra actualidad, tal que un Trump, un Putin, una Díaz Ayuso, o un Bolsonaro.

Toda una elaborada y concentrada pócima que mezcla a partes iguales circo, Goebbels, irracionalidad, corrupción, y telebasura.

Con esa premisa de que todo vale (hasta vale olvidarse de su responsabilidad en los hechos que relatan), y en relación con la gestión de la pandemia, acusan al gobierno actual de que tardó en dar la voz de alarma.

O si les conviene más, un poco después cambian de criterio y afirman que el gobierno fue en exceso alarmista.

Al gusto del consumidor.

Acusan también al gobierno de no adoptar las medidas de prevención que se necesitaban o que se necesitan (normalmente inspiradas por órganos técnicos internacionales), pero si las adopta (como de hecho ocurrió en acertadas ocasiones), les viene mejor entonces políticamente, afirmar que este es un gobierno "liberticida" (por adoptarlas) y sacan a la calle a toda una masa desatada de negacionistas.

Resumen: la pandemia y sus víctimas les importan muy poco. Su único interés y objetivo es derribar al gobierno por el medio que sea.

Más les valdría (más nos valdría a todos) confesar las múltiples ignorancias y lo complejo del problema, que no intentar sacar tajada política de una desgracia de esta magnitud.

Y también les vendría muy bien reflexionar sobre su docilidad "unánime" ante las imposiciones de la dictadura económica neoliberal, incluyendo aquí el rechazo a liberar las patentes de las vacunas, o a realizar las restricciones pertinentes en el momento epidemiológico oportuno.

Y ya puestos a reconocer los errores de los unos y los otros, meditar sobre la precariedad inducida por su pensamiento único y sectario (de forma unánime también) en nuestros servicios públicos, primera línea de defensa contra esta y otras amenazas.

Que no parece que hayamos aprendido la lección, pues en la misma precariedad siguen esos servicios públicos, y en el mismo encumbramiento injustificado esas “élites" falsas.

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