Opinión

Cochambre cortesana y de la otra

Luis García Berlanga fue un maestro en vestir con humor y cierta ternura (cuando lo merecía) nuestra cochambre nacional.

Ese humor podía derivar hacia la ironía y el sarcasmo, o caminando por otros derroteros mentales, volvernos tiernos y humanos algunos aspectos del vivir hispano de su tiempo.

El nombre de Berlanga se me vino a la cabeza el otro día al leer una crónica en El País titulada: "Dos reyes separados por una ría", que hace referencia a la coincidencia en parajes gallegos, apenas separados por unos pocos centenares de metros, del rey demérito y su sucesor en la impunidad y el privilegio, el rey Felipe VI.

No sé, pero se me ocurre que si Berlanga resucitara y volviera a habitar entre nosotros, no le faltarían motivos de inspiración y realidades, entre cochambrosas y surrealistas, sobre las que enfocar su cámara y el bisturí certero de su crítica, sarcástica o tierna según cada caso mereciera.

A lo mejor en este momento no sería la caza y sus enredos político-económicos hacia donde Berlanga dirigiría su foco, y sí hacia el rey demérito y su viaje a tierras gallegas para la práctica del sport regatista y la mariscada correspondiente en uno de los aviones más caros del mundo.

O enfocaría hacia los inefables representantes de la vieja guardia del PSOE reconvertidos en ídolos de la ultraderecha franquista en una involución a la que no le falta coherencia y continuidad histórica.

Y es precisamente esa continuidad histórica de algunos aspectos de nuestra cochambre nacional, más política y espiritual, que material y económica, lo que daría pleno sentido a la vuelta del maestro Berlanga y su castizo humor negro.

Habría sacado mucho juego y jugo, por ejemplo, a esa revuelta de la derecha ultramontana contra el uso de las mascarillas profilácticas en lo más crudo y mortífero de la pandemia, aunque con el contrapunto siniestro y cochambroso de lo ocurrido en las residencias de ancianos, carentes de personal sanitario y de inspección.

Y en este caso concreto, el maestro habría hecho encabezar alguna de esas revueltas "libertarias" por la "libertad" de usos y costumbres con un estandarte en la que figurase la efigie de Franco vestido de armadura medieval y pisando el pescuezo del virus de la COVID, representado no por la imagen real que el microscopio nos ofrece de este ser alienígena sino por la imagen simbólica del dragón del averno.

Bien. En esta encrucijada cívico-sanitaria no ha sido la libertad de usos y costumbres ni la armadura "libertaria" y falsa de Franco las que nos han permitido superar (de momento) ese mal trago epidémico, sino las mascarillas profilácticas, el buen juicio de la mayor parte de los ciudadanos, el esfuerzo de los sanitarios recortados y explotados, junto a las vacunas diseñadas a toda prisa.

En cuanto a la continuidad o discontinuidad histórica de nuestra cochambre mítica, Franco participaba en cacerías y el rey demérito lo hace en regatas, con un barco en este caso que recibe el oportuno nombre de "El bribón". Para qué vamos a andar con metáforas o disimulos si ahora como entonces el que manda manda y además es impune e intocable ante la Ley.

El caso es que a pesar del aparente y probablemente sobreactuado distanciamiento entre el rey demérito y su sucesor, el primero se rodeó en tierras gallegas de su corte de cortesanos regatistas, y a poca distancia el rey Felipe se rodeó de los suyos, nostálgicos de la Transición y del bipartidismo corrupto, turnista, y juancarlista. Todo queda en casa.

Aunque una duda que surge es si esa reunión de Felipe VI con nostálgicos del bipartidismo marca PPSOE, fanáticos del catecismo neoliberal y de la corrupción, supone tomar partido político un rey apolítico en medio de una investidura de gobierno que aún está pendiente.

Quizás todo se deba a que lo nuestro es el cuento de nunca acabar, lleno de príncipes falsos, reyes bribones o generalísimos golpistas, junto a dragones infumables diseñados expresamente para la ocasión y lucimiento de la autoridad competente, ese elefante blanco que siempre nos amenaza con caer sobre nuestras cabezas.

Y es que para un equilibrio apolítico, auténtico, y creíble, el monarca actual, debería reunirse ahora con partidarios de la socialdemocracia, el fortalecimiento de los servicios públicos, o incluso con partidarios de la República. O sea, un foro opuesto o alternativo al foro de sus cortesanos de costumbre.

En la parte siniestra de la cochambre que arrastramos más allá de las murallas de la Corte, hay que situar tristemente los incendios de las discotecas de Murcia, por algo tan incomprensible como un fuego que se origina en un establecimiento que no debería estar abierto, es decir, que administrativamente y por precaución estaba cerrado, aunque es obvio que, con pleno conocimiento de casi todos los ciudadanos y muchos responsables políticos, continuaba abierto y poniendo en riesgo de forma cotidiana e impune la vida de sus clientes.

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