Martes 13.11.2018

Iglesias no quiere al Rey

Vaya de entrada que quien suscribe se ha manifestado desde siempre monárquico, por entender que la institución ofrece mayor estabilidad que una República a la ya de por sí alterada vida política española. Y eso, pese a los no pequeños sobresaltos con los que nos obsequió, en el último tramo de su reinado, el llamado monarca emérito, que supo desempeñar su papel adecuadamente durante muchos años, aunque el final algo en su actuación haya sido discutible. Tengo, por el contrario, la mejor de las opiniones sobre su hijo, Felipe VI, un profesional de la Corona --si es que así puede considerársele-- por encima de su propia persona y, desde luego, de los que pudieran ser sus intereses, si es que alguno tiene al margen del desempeño de su misión.

Hago la advertencia precedente porque nunca faltan quienes, en su afán por etiquetar a todo el mundo y por situarse en los extremos de casi todo, consideren que la defensa del Rey implica vetar cerradamente cualquier crítica al jefe del Estado o impedir las manifestaciones de republicanismo. Que a Pablo Iglesias, socio 'de facto' de Pedro Sánchez en la navegación del Gobierno, no le gusta el Rey, cualquier rey, ya lo sabíamos. Por eso mismo no logro entender las voces indignadas cuando han escuchado al líder de Podemos manifestarse abiertamente contra la figura de Felipe VI y, sobre todo, de la alta institución que representa.

El debate acerca de la forma del Estado no se cerró cuando, en diciembre hará ya cuarenta años, se aprobó en referéndum la Constitución, la primera democrática desde la republicana de 1931. La actual es monárquica, y posiblemente la Monarquía hubiese necesitado algún respaldo popular más a lo largo de estas cuatro décadas. Pero el miedo a 'abrir ese melón' paralizó muchas iniciativas políticas que seguramente hubiesen redundado en favor de un fortalecimiento de la Corona, que de todas formas sigue, dicen las encuestas, cosechando pese a todo unos muy elevados índices de popularidad. Una popularidad que tiene que confrontarse con los apoyos que pueda recibir eventualmente la causa republicana, que también tiene sus partidarios (y sus detractores) y que obviamente puede y debe expresarse con entera libertad.

No hago un secreto de mi rechazo a ver a Pablo Iglesias encaramado, como por la puerta de atrás, en los prados monclovitas, presentando unos Presupuestos --que a mí no me han parecido tan malos, aunque tengan obvios inconvenientes y contradicciones-- de los que se jacta, cómo no, de ser autor principal. Pero, haciendo buena la frase de Voltaire, que gobierna mi vida, "yo, que aborrezco las ideas de usted, daría la vida para que usted pueda seguir defendiéndolas libremente". Y así lo proclamo en este caso, aunque también estoy seguro de que Iglesias no haría nunca lo mismo por mí, ni por usted que me lee, ni tampoco por sus propios correligionarios 'disidentes'.

He de insistir en mi preocupación ante la patente involución que advierto en muchas mentes y conciencias españolas (y, por tanto, catalanas). Y esa involución está afectando también, o primeramente, a la libertad de expresión. Iglesias, en una descalificación de sal gorda y sabiendo que desde La Zarzuela nunca le van a responder, es muy libre de criticar a la Monarquía. Puede que incluso, proviniendo de él la crítica, la Corona salga reforzada del ataque. Pero es obvio también que la institución no se encuentra en su mejor momento, por una multitud de razones que nada tienen que ver con el hecho de que Iglesias, precisamente en esta delicada coyuntura, haya decidido 'echar una mano' (comillas, por favor) a su aliado Pedro Sánchez lanzando un directo a la mandíbula del Rey.

Hay que insistir, creo, en la necesidad de reforzar el papel de la Corona, su conexión con la ciudadanía --y no, no será llevando al Rey al Metro como eso se logre-- y su mensaje moderador de las posiciones excesivamente 'beligerantes' que hoy agitan a la sociedad en general. Algunos han repetido que probablemente no aprovechar todas las coyunturas, incluyendo 'lanzar' a la Princesa de Asturias a intervenir en los premios que llevan su nombre, sea un error, Doctores tiene, en fin, La Zarzuela, aunque me gustaría estar seguro de que entienden algo más de médicos que de cortesanos.

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