Opinión

La piel quemada

El verano es la estación para exponer nuestro cuerpo al sol,  disfrutando de un baño en la playa, en la piscina.  Disfrutamos de estar al aire libre con todas las protecciones necesarias para que sea un ejercicio saludable, nada pernicioso. El sol nos proporciona esa vitamina D tan necesaria y fundamental para nuestro organismo, así pues tendremos defensas para el largo invierno en el que la piel se oculta, como si nos pusiéramos un velo permanente. Con todo lo referido, la piel quemada es la identificación de la dureza del trabajo físico en el campo y en la construcción.   De los rostros morenos, bronceados, con el atractivo de la elegancia física pasamos a la agrietada y arrugada cara de muchas personas que  tienen el sol como castigo, que sufren los golpes de calor,  pero todo eso forma parte de su puesto de trabajo.

La película “La piel quemada” de Josep María Forn es una obra maestra del cine español, que se estrenó en 1967, que tiene más de cincuenta años,  pero   es muy necesaria para entender la  España actual. Rodada con el estilo realista del documental, la película tiene la ambición de la crítica social,  porque  muestra  los mundos opuestos de los turistas que  veranean en la localidad catalana de Lloret de Mar y de los trabajadores inmigrantes, llegados de todos los puntos del país, que huyen de la pobreza y del caciquismo de la  España interior. Precisamente uno de los dilemas que se plantea el protagonista es elegir entre las condiciones de trabajo de los hacendados andaluces o las de los empresarios burgueses catalanes, que se enriquecen por el fenómeno del turismo. Todos los temas del filme son actuales y   esto   nos hace reflexionar sobre la realidad de los nacionalismos, sobre el fenómeno de la España vaciada frente a la concentración urbana de la costa. Nos damos cuenta de que el problema del trabajo precario, estacional ya viene de lejos, y  además  constatamos que este país apostó por el turismo de sol y playa como única alternativa de progreso y riqueza.

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