Opinión

Economía de fin de semana

Definitivamente España se ha entregado a la economía de fin de semana, puesto que el desarrollo económico se sustenta en consumir durante los días festivos o en los periodos vacacionales, cuando el asueto llega a nuestras vidas y nos tomamos las cosas de otra manera. Fuera de estas fechas, perfectamente marcadas con ilusión en nuestros calendarios escolares y laborales, la población parece hibernar en un letargo inhábil, inoperativo en el quehacer cotidiano. Las calzadas de las desangeladas autopistas radiales, que están vacías de lunes a jueves, se llenan de automóviles cuando llega un puente festivo, y cumplimos con nuestro oficio de turistas, ya que el turismo es la primera economía del país. Con todo, algo parecido ocurría muchas décadas atrás. En la interesante  y desconocida  película de Juan Antonio Bardem “El puente” de 1977, Alfredo Landa  viaja de Madrid a Torremolinos en moto para disfrutar de unos días de descanso. Además de comprobar una España en transición hacia la modernidad, la película es una curiosa “road movie” al estilo americano.

El consumo interno es nuestra principal seña de identidad y las empresas están vinculadas a esa demanda. Partiendo de sectores económicos heterogéneos, nos damos cuenta de que  la alimentación, la cultura, los  transportes  y  la tecnología  hacen su planificación laboral en función de ese ocio de los ciudadanos, que es de carácter intensivo y que se resume en que todos queremos ser atendidos a la misma hora y en el mismo sitio.  Así pues, acudimos a los mismos centros comerciales abarrotados, invadimos los cascos de las ciudades históricas,  e incluso en los inaccesibles pueblos de la España vaciada  sus casas rurales cuelgan el cartel de “completo”.  Todo sería perfecto si la economía de fin de semana no ahondara más en lo que es inevitable, es decir, que el trabajo es temporal  y  precario,  por lo fugaz de la situación y  por las características de los contratos laborales.

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