Opinión

Áreas metropolitanas

Hemos perdido la noción de lo que es un  barrio, un pueblo o una ciudad, porque nuestra forma de vida ha cambiado debido a la extrema movilidad a la que estamos obligados por motivos de trabajo, estudios, ocio o  por cualquier causa que suponga salir de nuestro domicilio en continuos viajes cotidianos. La realidad de vecinos anclados a un barrio o a un pueblo casi de por vida, con todos los beneficios o, por el contrario, sinsabores de una convivencia casi familiar, ha variado por completo en los últimos años. Podemos vivir en una zona periférica y a la media hora estar en el centro de una gran ciudad bulliciosa para realizar compras en las franquicias de moda, pero tal vez tengamos que acudir a un inhóspito polígono industrial para trabajar, sin ningún tipo de conexión con el transporte público.

El significativo título “Adosados”, novela de Félix Bayón, ya indicaba en la década de los noventa una forma peculiar de vida, la de urbanizaciones que se expanden sin orden ni concierto sobre terrenos que antes eran entornos naturales hasta que llegara el sacrificio de la recalificación. Hay una España de dos velocidades, por un lado hay un país abandonado, desperdigado en núcleos rurales, y por otro varias áreas metropolitanas conforman una red de población, que generalmente se concentra en las grandes ciudades y en las capitales de provincia.

Los conceptos que escuchamos frecuentemente de  “ciudad archipiélago” y  “distrito federal”, referidos al urbanismo, indican que el afán por la construcción y la vivienda como producto financiero   han vencido a un sistema más racional de regulación de las ciudades. El ensayo del sociólogo  Juanma Agulles “La destrucción de la ciudad” incide en la tesis de que megalópolis proliferan en nuestro mundo borrando los límites internos y externos sobre los que históricamente se ha construido una ciudad.  Eso supone que el interés individual impera sobre todo tipo de amparo colectivo de los servicios públicos.

Comentarios