Jueves 20.06.2019

No son los impuestos, son los salarios

En cada campaña electoral siempre llega algún candidato con el zurrón cargado de promesas de bajar impuestos. En esta, Pablo Casado ha hecho ya una promesa global de bajar o eliminar una serie de ellos si llega a La Moncloa: IRPF, sociedades, patrimonio, sucesiones, donaciones, transacciones financieras... Nada dice de aquellos como el IVA que paga en la misma proporción un parado que el consejero delegado de una empresa cotizada cada vez que consumen o pagan servicios básicos. Son promesas que no ayudan a fomentar una cultura fiscal porque parecen criminalizar los impuestos como si fueran una carga indebida y no el instrumento que corresponsabiliza a los ciudadanos en el sostenimiento del Estado y sirve para hacer un reparto justo de la riqueza, tal y como ordena nuestra Constitución. Y además son tramposas, porque sitúan el foco en donde no está el problema.

Nuestro país no es el que soporta una mayor carga fiscal si nos comparamos con aquellos de nuestro entorno. Sin embargo, sí que soportamos otra mucho más difícil de sobrellevar que es el de la carencia de empleo, precariedad cuando se tiene y, en consecuencia, sueldos bajos que lejos de crecer, bien sea paulatinamente, decrecen año tras año. Hoy mismo, el estudio anual de la Confederación Europea de Sindicatos nos ha situado entre los ocho países europeos en los que los salarios reales fueron más bajos en 2018 que hace diez años. En España ese recorte ha sido del 3% respecto a los sueldos de hace una década. Mientras tanto, el número de millonarios ha crecido casi un 80% en este tiempo, tal y como certificó hace unos meses el Informe Mundial de la Riqueza.

Así que ese parecería ser el reto: crear trabajos dignos y dignamente pagados. Porque si se bajan impuestos a quienes perciben salarios tan mínimos que ni llegan al mínimo exento fijado por la Agencia Tributaria no llega a percibirse qué beneficio obtendrán. Sin embargo, queda diáfano que al final los beneficiados serán los mismos de siempre, aquellos que alimentarán, por cierto, futuras estadísticas que nos vuelvan a hablar de cómo en nuestro país, surfeando cualquier crisis, crecen los ricos sobre el páramo de una pobreza también creciente.

No son los impuestos, son los salarios
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