domingo 20/9/20

No parece que fue ayer

Hace justo dos meses, el Gobierno decretó el estado de alarma y España inició un inédito confinamiento ciudadano. Y no, no parece que fue ayer. Se nos han hecho largos, incluso para quienes hemos sorteado de momento la enfermedad, quienes hemos seguido trabajando con cierta normalidad y para quienes no hemos tenido que lamentar entre los nuestros una pérdida. Así que es difícil imaginar la sensación que han vivido los que han perdido su empleo, se han visto obligados a cerrar su negocio, han enfermado o han perdido a una persona cercana sin poder acompañarla en los últimos momentos, sin poder despedirse y darle un digno entierro. Conviene no olvidar esa realidad cuando el cansancio y la rutina del largo encierro nos lleve a la legítima queja.

En este tiempo, la pandemia ha hecho aflorar lo mejor y lo peor del alma humana. Hemos visto a prestigiosos científicos reconocer sus limitaciones ante un virus desconocido mientras perfectos ignorantes en la materia sentaban doctrina sobre lo que debió o no debió hacerse. Hemos visto a una sociedad mayoritariamente responsable convivir con una pandilla de irresponsables listillos que han aprovechado cualquier resquicio para romper el confinamiento. Hemos visto a los niños comportarse con una madurez impropia que no han exhibido todos los adultos. Han aflorado multitud de desinteresadas iniciativas solidarias, individuales y colectivas, en pugna con algunos aprovechados adalides del mercado que no han desaprovechado para hacer negocio con la tragedia. Y, finalmente, hemos tenido que presenciar un espectáculo político desalentador en el que conforme se iba frenando la curva del contagio se iba elevando la tensión del debate. El "saldremos mejor" es uno de los mantras que hemos repetido hasta la saciedad. Pero creo que la afirmación, a la vista de algunos hechos, es un poco ingenua.

De todo lo que hemos vivido, hay un gesto que quedará para la historia, una iniciativa espontánea que nos permitirá ilustrar en un futuro estos tiempos difíciles cada vez que los rememoremos: el aplauso colectivo que día a día, desde las ventanas y los balcones, hemos ofrecido a quienes han batallado en primera línea contra el virus, jugándose la salud y la vida. Primero fue a los trabajadores sanitarios. Después a todos aquellos que han permitido mantener las constantes vitales de una sociedad hibernada. Desde el 14 de marzo, el día de la primera ovación que atravesó ciudades y pueblos de todo el país, esa celebración colectiva y transversal lleva acumuladas más de cinco horas de aplausos de millones de ciudadanos. Desde entonces se ha mantenido con fuerza como gesto de agradecimiento y también, por qué no, como una forma de darnos ánimos, y de marcar una pauta cotidiana en nuestro encierro y decirnos que cada día más era un día menos.

Es evidente que las razones que movieron este aplauso permanecen y que sus destinatarios merecen nuestra gratitud eterna. Pero también lo es que el tiempo transcurrido y el progresivo desconfinamiento asimétrico puede hacer que los decibelios y el entusiasmo vayan decayendo. Algunos signos se observan. Y creo que un gesto tan noble merecería otro final que no fuera el paulatino desvanecimiento. Como una pieza musical necesita un último compás preciso, una gran novela, un brillante punto final, o el truco de un mago, un deslumbrante desenlace, quizás, igual que nos pusimos de acuerdo en el arranque, deberíamos acordar un final a la altura de una liturgia ciudadana que quedará para siempre como un profundo y hermoso gesto en mitad de la tragedia.

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