domingo 20/9/20

Estado de alarma

Al margen de lo que dispone la Constitución en su artículo 116, estado de alarma es también el que experimentamos muchos ciudadanos después de escuchar algunos discursos vomitados en la tribuna parlamentaria, imaginando además cómo sería la España gobernada por quienes los profieren. La sesión de hoy, en la que el Gobierno ha logrado in extremis una nueva prórroga del estado de alarma, el constitucional, ilustra perfectamente esa desazón.

Pedro Sánchez ha logrado un objetivo que parecía peligrar en los últimos días. El PP, que amagó con un no, ha virado hacia la abstención en un discurso durísimo contra el Gobierno. Tan escorado a la derecha que ha obligado a Santiago Abascal, para desmarcarse de la "derechita cobarde", a desempolvar al Che Guevara, al régimen bolivariano, la persecución de homosexuales por parte de la izquierda y la matanza de Paracuellos, convertida por el inefable personaje no sólo en indecente unidad de medida para visualizar la magnitud de la tragedia provocada por el coronavirus, sino también para extender la sensación de que los más de 25.000 muertos son asimilables a otros tantos asesinatos de los que, por supuesto, Pedro Sánchez y su Gobierno son los últimos responsables.

El debate nos ha dispensado también otros dos movimientos. El desmarque de ERC del Gobierno al que ayudó a investir y el giro de Inés Arrimadas que, sin evitar la crítica a la actuación del Gobierno, ha avalado la nueva prórroga porque "entre ser útiles o no, entre no aportar nada o contribuir a salvar vidas" tiene claro el camino a seguir. Al escucharla, daría la sensación de que Arrimadas estaría iniciando un proceso de "descolonización" de su partido, olvidando aquella foto que les pasó factura en las últimas elecciones e intentando reconquistar un espacio de centro que otros parecen haber abandonado definitivamente. Sería una buena noticia. Quizás provoque movimientos sísmicos en su formación, es verdad, pero tal vez remueva a un ejército de electores que se sintieron huérfanos cuando Albert Rivera decidió abandonar la centralidad de la que siempre había presumido.

En fin, haría mal Sánchez al considerar lo que hoy ha sucedido como una victoria. Si quiere mantener el control del difícil proceso de desconfinamiento quizás debería desconfinarse para intentar tejer acuerdos antes de anunciarlos en una rueda de prensa, por ejemplo. Y harían mal los líderes de la derecha si marcasen una nueva muesca en el proceso de desgaste del Gobierno. Cuando todo pase, habrá que determinar las responsabilidades de cada cual. Y todos van acumulando deméritos. Pero seremos finalmente los ciudadanos, en las urnas, los que pasemos la factura correspondiente.

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