jueves 28/10/21

Clara conquista

Hace justo 90 años, el 30 de septiembre y el 1 de octubre de 1931, las Cortes Constituyentes de la II República debatieron el sufragio femenino. La diputada Clara Campoamor lo defendió ante un parlamento que ocupaban 470 hombres y una sola mujer, Victoria Kent. Y logró sacarlo adelante a pesar de que los grandes partidos republicanos que habían prometido el voto a las mujeres en las elecciones, también el suyo, se desdijeron finalmente del compromiso y la dejaron sola.

Su enorme figura fue oscurecida por el franquismo y permaneció en la grisura hasta bien entrada la democracia. Cuenta la filósofa Amelia Valcárcel que, en los años 70, cuando buscaban nombre para una asociación feminista universitaria que pretendían constituir, alguien propuso el de Clara Campoamor. Cuando preguntaron a la compañera cuáles eran sus méritos, respondió que no lo tenía claro, pero que algo había hecho.

Hoy su nombre es más conocido. Y cualquier ciudadano medianamente ilustrado la identificará como la española que consiguió el voto para las mujeres españolas. Y es verdad que fue así, pero es un titular reduccionista para su hazaña. Porque Clara Campoamor, al conseguirlo, logró que España fuera por primera vez una democracia plena. Y trabajó también sin descanso para que, al margen de este derecho, la Constitución de la naciente República sentase los cimientos de la igualdad plena en todos los ámbitos entre hombres y mujeres. Todos los derechos de nuestro texto constitucional vigente ya los recogía el que se aprobó en 1931. Y produce indignada melancolía pensar que permanecieran congelados durante cuarenta años de dictadura.

Además, Clara Campoamor es un ejemplo único en la historia del sufragismo. Porque el decreto que convocó elecciones a Cortes Constituyentes en 1931 permitió a las mujeres ser elegidas, pero no elegir. Y esa extraña norma convirtió a Campoamor en la única sufragista que pudo defender el voto de la mujer desde una tribuna parlamentaria. Sufragistas británicas, estadounidenses y de otros países se jugaron el prestigio, la libertad y hasta la vida peleándolo en las calles para que, más tarde, parlamentos de hombres, dieran luz verde al derecho.

Por supuesto, Clara Campoamor no lo hizo sola. Ella recogió el testigo de muchas españolas que reivindicaron durante años sus derechos políticos en las calles, en las asociaciones y en las tribunas públicas. Por supuesto, Clara Campoamor lo consiguió gracias a muchos hombres: los que la llevaron al parlamento con sus votos y aquellos que le dieron su apoyo en el debate. Pero a la vista de cómo sucedieron las cosas, si ella no hubiera estado allí, si no hubiera llevado su firme defensa hasta las últimas consecuencias sin mover un ápice su posición, muy posiblemente el sufragio femenino no hubiera salido adelante en aquel momento. Así que conviene recordarla. Y con nuestro recuerdo, saldar una deuda que la democracia actual tardó tiempo en reconocer.1

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