viernes 19.07.2019

Políticos adolescentes

Nos quejamos con cierta frecuencia de que los jóvenes no maduran o que tardan mucho en hacerlo hasta convertir la adolescencia en una etapa demasiado larga. Siempre recordaré a aquel sabio profesor que en un día en una reunión de padres de chicos de 15-16 años respondió a esa pregunta que se repite todos los años en todas las aulas, posiblemente, del mundo. "¿Y esto, cuándo se les pasará?". "Normalmente, dijo el profesor, cuando termine este curso; a algunos, cuando lleguen a la Universidad; otros a los 25, otros a los 40 y otro, nunca". Es posible que cada vez haya más "peterpanes", que se refugian en su Neverland particular porque no quieren crecer.

Pero no hay que extrañarse de que los adolescentes no quieran, no les dejemos o no puedan madurar. Sucede algo parecido en la política. Es posible que nunca haya habido una carencia mayor de políticos adultos, incapaces de resolver sus problemas y que, como adolescentes consentidos, echan la culpa de todo lo malo a sus contrarios, en lugar de afrontar sus responsabilidades. Políticos que no llegan a madurar pero que frente a lo que sucede en la edad adolescente, tienen incluso la responsabilidad de gobernar una nación, de administrar cientos de miles de millones y tomar decisiones que cambian la vida de millones de personas. No se exige a los políticos un certificado de conocimientos y de capacidad, como a cualquier opositor a Correos, pero tampoco de madurez. No hablemos de España. Seguramente personajes como Trump o Boris Johnson no hubieran pasado un examen de este tipo y el uno malgobierna la nación más poderosa de la tierra y el otro puede acabar de sumir a Gran Bretaña en la noche más oscura.

Aquí andan los políticos empeñados desde 2015 en no hacer gobernable este país y todos se acusan unos a otros, como adolescentes mal criados, en lugar de buscar acuerdos para salir de esta situación. El presidente Sánchez, en medio de lo que parecen ardores juveniles de creer que el mundo está contra él, señala que "no me bloquean a mí, sino a la voluntad del pueblo español". Como si la obligación de lograr acuerdos no le tocara a él sino a los que perdieron. Si fuera un niño, diría eso de "todo el mundo tiene un Gobierno y a mí no me dejáis formarlo". Se apoya Sánchez en otros que defienden que la responsabilidad no es del presidente en funciones sino de Podemos, por un lado, y de Ciudadanos, por otro. Y uno y otros pretenden ignorar que para llegar a acuerdos hay que hacer ofertas de Gobierno y no pedir cheques en blanco. Es el presidente Sánchez el que está obligado a decir con quién quiere pactar y para qué. Si es con los independentistas y con Bildu -como en Navarra-, si es con la izquierda antigua y vieja de Podemos, o con el centro-derecha constitucional. Hasta ahora Sánchez solo ha dilatado la formación de su Gobierno a la espera de ir debilitando a sus adversarios, posibles compañeros de viaje y, así, lograr un acuerdo sin contrapartidas o, en el peor mejor de los casos, ir a unas nuevas elecciones para lograr unos cuantos diputados más. Aunque sea a costa de debilitar al país y no emprender ninguna reforma. Sánchez quiere gobernar sin contrapartidas. Y lo malo es que no tiene votos para ello. Dice el filósofo Enzo Traverso que "la propia imagen de los intelectuales se ha convertido en su gran argumento de venta: en vez de brindar sus ideas, venden su ego". No solo los intelectuales. También los políticos adolescentes.

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