Miércoles 19.12.2018

Y lo malo es que les votan

Resulta cuando menos curioso el escaso nivel de crítica que el mítin dominguero de la formación Vox, a la que algunos medios tachan de ultraderechista (otros rechazan este calificativo), ha cosechado en el Partido Popular y en Ciudadanos, teóricamente posibles competidores por el voto conservador de los españoles. Que Pablo Casado haya confesado que comparte algunos puntos de vista con la formación que dijo el pasado domingo que habría que suprimir las autonomías -esperemos que esta no sea una de las coincidencias con el PP- no deja de ser algo chocante, como para mí lo ha sido el que el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, haya pasado de puntillas ante un fenómeno que no ocurría en España desde que Fraga unió a la derecha en torno a Alianza Popular, luego rebautizada por Aznar, en 1989, como Partido Popular.

El propio Aznar, patentemente enfadado con la trayectoria que su sucesor, Mariano Rajoy, impuso al partido que él, Aznar, refundó, recordaba en una reciente entrevista en la COPE que él entregó (a Rajoy, sin citarle) un partido unido, y que ahora ese partido se fragmenta en tres opciones para un teóricamente mismo electorado. No sé si el diagnóstico de Aznar es muy exacto: tengo para mí que Ciudadanos es más transversal y que admite entre sus votantes a gentes procedentes de áreas más de izquierda. Lo que ocurre es que Rivera, quizá en busca de restar votos al PP, y tras abandonar su teórica socialdemocracia, ha extremado sus mensajes dirigidos a su derecha, especialmente en lo referente a los nacionalismos, un error desde el punto de vista de quien suscribe. Y Casado, lo mismo: es, como Rivera, una figura políticamente atractiva, pero está agobiado ante esa corriente que no es solamente española, sino europea y mundial, que reclama soluciones drásticamente conservadoras, más bien ultraconservadoras, a los grandes problemas del planeta. Y lo malo es que les votan.

Hablo de unos problemas que precisamente esos populismos, como el bloque -temible- de Matteo Salvini y Marine Le Pen para dinamitar la UE, o la política demencial de Trump, o las tesis `salvajes` que pretende aplicar Jai Bolsonaro si gana nada menos que en Brasil, o la cuasi xenofobia del húngaro Orban, están contribuyendo mucho más a agravar que a solucionar.

Quiero creer que Vox y Santiago Abascal su líder no representan miméticamente a ninguno de los citados. No conozco, la verdad, lo suficientemente a este partido, con el que en principio simpatizo poco, como para sumarme, sin más, a colocarle la etiqueta de `ultraderechista`. Me inclino a pensar, más bien, que se nutre de un electorado `tradicional` del PP, alarmado ante algunos bandazos que recientemente ha dado este partido, y así me lo confirman algunos estudiosos demoscópicos. Todavía pienso que España, pese a la evidente involución que están provocando las pateras y lo que ocurre en Cataluña, sigue siendo un país en el que no hay condiciones ambientales para las tesis `salvinianas` o lepenistas, que por lo visto son las mismas.

Pienso que la derecha tiene que mantener sus posiciones moderadas, abiertas a capas amplias de la sociedad que buscan seguridad jurídica y fórmulas `tranquilas`, no inquietantes, para resolver las cosas. La crisis política que se instauró en España inmediatamente después de las elecciones de 2015, y de la que aún no hemos salido, solamente se resolverá con un Gobierno de centro-derecha o de centro-izquierda, en función de los cantos de sirena que PP o PSOE hagan a Ciudadanos, y a los electores, para tratar de formar una mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados.

Otras aventuras, como una posible alianza entre el PSOE de Sánchez y el declinante Podemos de Pablo Iglesias, solo llevarían al país a nuevos trompicones, como los que estamos viviendo en busca de consolidar una oferta presupuestaria. Como trompicones, y más división en las `dos Españas`, produciría un corrimiento general de los `naranjas` y de los `populares` hacia donde Vox quiere llevarles, consciente de que los votantes prefieren el original a las imitaciones. Sobre todo si algunos electores miran -insisto: no me consta, de ninguna manera, que Vox lo haga-- hacia esa foto, tan peligrosa, de Salvini y Le Pen conspirando sobre cómo cargarse los avances de la Europa unida. Lo peor, ya digo, es que les votan.

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