Opinión

Reorganización en el PSOE

El 40 congreso del Partido Socialista, celebrado en Valencia hace poco más de dos años, está ya más que olvidado. Ni la directiva es, en general, la que salió de aquel congreso ordinario, ni la práctica política podía siquiera imaginarse entonces, cuando me tocó preguntar a dos decenas de compromisarios, elegidos al azar, qué pensaban de un posible acuerdo con Bildu y todos se manifestaron horrorizados en contra.

Ahora, Pedro Sánchez acomete este fin de semana una nueva remodelación de la dirección del partido que sustenta al Gobierno y que casi en nada se parece ya, para bien y/o para mal, al que salió de aquella 'cumbre' valenciana de octubre de 2021. Ahora se trata, más que de un rearme ideológico necesario, de armar una maquinaria de guerra electoral con la que afrontar las varias elecciones que vienen y también los temporales políticos que se avecinan.

¿Seguirá María Jesús Montero siendo la 'número dos' del partido, al igual que lo es del Gobierno? Todos los indicios apuntan a que así será, remedando, de alguna forma, la figura de Alfonso Guerra, que fue el 'vice todopoderoso' durante más de cuatro años, hasta que sus relaciones con el 'jefe' Felipe González se fueron deteriorando y acabó saliendo del Gobierno. Nunca, desde entonces, se ha dado una bicefalia de tal calibre, ni siquiera cuando Alfredo Pérez Rubalcaba hacía y deshacía bajo la presidencia de Zapatero.

Ahora al PSOE le hace falta, además del secretario de Organización que ya tiene, un portavoz con la suficiente experiencia y trayectoria como para explicar y explicarnos la enorme ruptura de 'este' PSOE con el que representó Felipe González, quien hace dos años se acercó a la clausura del 40 congreso, abrazándose, un poco forzadamente eso sí, con Pedro Sánchez. Le pregunté entonces al ex presidente cómo había hecho para aparcar sus grandes diferencias con Sánchez y González me dijo: "porque, aunque no te lo creas, yo soy miembro del Partido Socialista".

Cosa que yo nunca había, desde luego, dudado. Pero ahora está más clara que nunca, o que casi nunca, la existencia de dos PSOE muy diferentes: aquel que celebraba aún en octubre de 2022 los cuarenta años de la victoria electoral de González y este partido de 2024, al que ni González, ni Guerra, ni otros clásicos del socialismo, entre ellos Eduardo Madina, que fue rival de Sánchez en las primarias de 2014, se recatan lo más mínimo a la hora de lanzarle sus críticas.

Hay, sin duda, una ruptura en el socialismo, algo que, desde Indalecio Prieto y Largo Caballero, se ha venido repitiendo varias veces en la historia del partido fundado en 1879 por Pablo Iglesias Posse. Pero acaso nunca se había acelerado tanto la transformación interna, táctica y estratégica del partido, jamás se habían alterado tanto algunos valores clásicos como ahora. Y es este el momento elegido por Pedro Sánchez para, provocando una reflexión plasmada en la convención política de este fin de semana en Galicia, pisar el acelerador, sabiendo que el PSOE ha de armarse ante las críticas de los propios, además de los extraños, ante movimientos que, como las alianzas forjadas para poder gobernar, siembran de dudas a la militancia y a los votantes.

Pero no cabe duda de que Sánchez, como nunca González, como jamás Zapatero, controla a las bases del PSOE, de manera que la disidencia interna 'abierta' queda relegada a unos ex que ocuparon puestos notorios -y bastantes había en el acto de este martes protagonizado por González y Madina, en defensa de la Constitución- y a un grupo residual que se ha acercado a posiciones mucho más conservadoras y tradicionales de las que ahora representa el 'sanchismo' hasta quedar, en la práctica, fuera del partido.

No sé si las 'movidas' internas que prepara Sánchez en el PSOE, incluso para resguardarse del 'izquierdismo' de Sumar, servirán para ganar las elecciones europeas -desde luego, no las gallegas ni las vascas- y las próximas catalanas. Sí sé que una estructura de poder se fundamenta en tres patas que, en teoría, deberían funcionar separada aunque coordinadamente: el Gobierno, el partido y el grupo parlamentario.

Sánchez ha roto esta división, confundiendo partido, gobierno y escaños de diputados, de manera que cualquier debate interno queda sofocado. Y eso, un ejército disciplinado, es sin duda eficaz para un liderazgo indiscutible. Quizá hasta para ganar algún tipo de elecciones. Lo que no sé es si, además, es lo más conveniente para una democracia sana, en la que todos deberíamos participar más allá de las rígidas estructuras partidarias que cada día caracterizan más a la formación 'sanchista'.

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