Opinión

Reinventar España, nada menos

Cada aniversario de la Constitución resulta más injustificable no reformarla en alguno de sus aspectos. Quienes no quieren reformarla o son inmovilistas que no aceptan que muchas cosas han cambiado y están cambiando o son esos a quienes la Constitución no les sirve porque quieren cambiarla por otra de sesgo republicano y con un concepto de territorialidad diferente; o sea, los socios de Pedro Sánchez en el Gobierno. Por eso, pienso que lo peligroso sería aparcar, un año más, las iniciativas reformistas de la Carta Magna, y aguardar a ver cómo llegamos hasta el 43 aniversario, cuando, a este paso, nuestra ley fundamental sea un texto inane, por muchos y en mucho incumplido.

Supongo que los próximos días se consumirán, además de en cuestiones más puntuales, en este debate sobre el grado de, valga la redundancia, “constitucionalismo de nuestra Constitución”, en la que, dijo Meritxell Batet, la presidenta del Congreso, "caben todas las ideologías". No estoy tan seguro de que ideologías, por otro lado plenamente legítimas, como el separatismo o el antimonarquismo quepan, ni quieran caber, en los artículos de la que ha sido definida como “la ley de leyes”. Y ese es otro peligro: que al pretender ampliar, de manera artificial, la cabida del recipiente, este se acabe rompiendo.

Y es que ahora hemos entrado en la etapa de, en frase del presidente de la Generalitat valenciana, Ximo Puig, que intenta llegar a algún pacto de cooperación (o de no agresión) con Esquerra Republicana de Catalunya, "reinventar España". Es un concepto brillante, como lo son la mayoría de los que inventa ese buen político que es Puig; lo que ocurre es que nadie sabe muy bien qué significa ese “reinvento”: ¿potenciar las autonomías frente al “centralismo madrileño”, que es también frase “puigdeiana”? ¿Tender la mano a ERC para que se desmarque del separatismo feroz de Junts per Cat? ¿Dar un paso más hacia los “paisos catalans”?

Ni siquiera estoy seguro de que las tesis de Pedro Sánchez, correligionario pero creo que no muy amigo de Puig, sobre el futuro político vayan por ahí: la oposición, o sea el PP aliado con Ciudadanos, tiene demasiada fuerza autonómica en Comunidades clave como Madrid, Andalucía, Galicia o Castilla y León, además de Murcia, como para andar potenciando los gobiernos regionales. Y, por otro lado, en el Gobierno saben que el pacto con Esquerra tiene los meses contados: puede que hasta las elecciones catalanas, sospecho, no más. Porque, tras esas elecciones, ERC, que las ganará con mayoría insuficiente, no tendrá más remedio que tender la mano a Puigdemont para intentar convertir los resultados en un plebiscito independencia sí-independencia no. Y ojalá me equivoque y Pere Aragonès “se conforme” con presidir un tripartito con los Comunes y, claro, con el PSC de Iceta. Ese sería, a mi entender, el menor de los males, dada la hecatombe que se prevé para los partidos netamente “constitucionalistas”.

Tampoco creo que el otro pilar del Ejecutivo, Pablo Iglesias, comparta demasiado el concepto autonómico de “reinvención de España”. Yo creo que él intenta reinventarla, como el propio Sánchez, más bien desde un Gobierno central fuerte, a base de medidas que vayan desmontando cuanto significó lo que el líder de Podemos llama “el régimen del 78”. O sea, la Constitución y su desarrollo.

Lo que ocurre es que en el seno del Gobierno de Sánchez coexisten, todavía, diversas maneras de entender la propia España, sus estructuras y sus instituciones. Y tengo la impresión de que las distancias internas en el Consejo de Ministros se agrandan. Resulta poco creíble, y desde luego incoherente, que uno de estos ministros haya declarado, justo en vísperas del aniversario constitucional, que están "agotadas todas las instituciones del 78" y que hay que abrir un proceso constituyente hacia la República. Y, sin embargo, don Alberto Garzón, que no es la primera vez que se pronuncia en términos semejantes, se mantiene como ministro -aunque sea de Consumo- del Reino de España, cuya Constitución es, desde su primer artículo, monárquica.

Sí, seguramente habrá que reinventar España, como querían, en circunstancias muy diferentes, los hombres del 98. Pero toda reinvención precisará de un enorme consenso, porque es el país entero con lo que se juega. Hay muchas cosas que precisan modernizarse, adaptarse a nuevas realidades. Pero reinventar no es destruir, ni romper, ni venir al mercado político con ocurrencias. Y, lamentablemente, de esto último tenemos mucho más que de un verdadero espíritu regeneracionista.

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