viernes 19.07.2019

Alcaldes al poder

Solamente la pereza y la incompetencia que han caracterizado la marcha de la política española en la última década, por decir lo menos, explican que no se haya reformado la legislación, al menos en lo referente a la elección de alcaldes, cuando, aparentemente, todos estaban de acuerdo 10 años atrás en ir a la segunda vuelta y que el regidor municipal fuese el más votado. El resultado ha sido, una vez más, una negociación que da la impresión de ser un cambalache, un juego de tronos municipales aderezado con citas secretas en busca de acuerdos paralelos para obtener poder en las autonomías. Súmese a ello la desdichada ocurrencia de hacer coincidir en el plazo de menos de un mes elecciones las legislativas y las municipales, autonómicas y europeas y tendremos un cuadro exacto del pactódromo en el que nuestros representantes a todos los niveles se han enfrascado. Y enredado.

Y aquí, señores, están los alcaldes. Tras las batallas históricas en Madrid y Barcelona. O en Zaragoza. O en otras bastantes localidades, que han hecho buena de nuevo aquella frase, creo que churchilliana, de los extraños compañeros de cama. Compañeros que ya hemos visto, porque ni lo han disimulado, que se odian sin tasa. Los titubeos de Ciudadanos, el partido de Albert Rivera que ha recibido en las últimas horas críticas a diestra y siniestra, han logrado incluso hacer buena a Vox, la formación fuertemente derechista que antaño parecía ser el enemigo común y hoy es socio si no apetecido sí inevitable.

Yo creo que la formación naranja, llamada a grandes misiones para facilitar gobernabilidades, en lugar de dificultarlas, ha salido bastante debilitada de estos lances, en los que apenas ha logrado un par de alcaldías en Castilla y León y dos rotatorias (¡!) en Castilla-La Mancha, y poco más.Para colmo, Macron reprocha públicamente a su aliado español sus ambigüedades con Vox. Habrá de reflexionar Rivera sobre lo actuado, porque lo cierto es que tanto él como su partido siguen siendo elementos clave para desterrar el bipartidismo, no para fortalecerlo sustituyendo a otro partido de la derecha que era, y sigue siendo, el líder de la oposición.

Porque lo cierto es que Pablo Casado, el presidente del Partido Popular, no solo ha salvado los muebles, sino que se ha consolidado en el puesto tan inestablemente logrado. Y eso ha sido, en parte, mérito de Rivera y en otra parte, sospecho, decisión de Pedro Sánchez, cuyas conversaciones con Casado me parece que van más allá de lo que conocemos o intuimos. Me da la impresión de que Sánchez quisiera cooperar a consolidar a Casado como líder de la oposición, en detrimento de su aborrecido Rivera. Veremos.

Así las cosas, concluidos los pactos municipales y casi rematados la mayor parte de los autonómicos (incluyendo la Comunidad de Madrid), sigo sin entender que el presidente del PP no anuncie que facilitará la investidura de Sánchez para que el PSOE gobierne en solitario, sin hipotecas ministeriales de Podemos, económicas y políticas del PNV y judiciales de Esquerra.

Creo que Casado prestaría un gran favor al país -no conozco a nadie a quien este paso de abstenerse en la segunda votación de investidura disgustase, excepto al líder de Podemos, claro-, a su partido, que se presentaría como de Estado, y a si mismo, abriéndose un horizonte para llegar a La Moncloa, tras haber suscrito pactos reformistas de largo alcance, dentro de cuatro años.

He de reconocer que, lo mismo que nadie se pronuncia en contra de esa deseable abstención del grupo Popular en la investidura, prácticamente todos están convencidos de que no se hará y de que, en el fondo, Pedro Sánchez ya ha tomado la decisión de ir a la investidura con Podemos, PNV, algunas formaciones regionalistas menores y con la abstención de Esquerra, Bildu y tal vez Junts per Catalunya. Una decisión que tendrá su peso y sus consecuencias durante la Legislatura y que la falta de cintura negociadora de todos, empezando por el propio presidente del Gobierno en funciones y futuro presidente, habrá propiciado.

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