¿A qué juega Vox?

La pregunta cobra sentido sí entendemos por jugar la estrategia frentista tanto contra Pedro Sánchez como contra el PP desplegada por el partido que preside Santiago Abascal. Una estrategia que, a corto plazo, como se ha visto en los recientes comicios de Extremadura y Aragón, rinde beneficios electorales pero a costa de poner en riesgo una posible alianza con el Partido Popular que sería la llave para propiciar un cambio de ciclo político poniendo fin al sanchismo.

Objetivo que dicen perseguir en Vox pero que, en la práctica, boicotean al poner todo tipo de trabas a apoyar la formación de los gobiernos autonómicos presididos por el PP, tanto en Extremadura como en Aragón. Siendo el tercer partido en escaños y en número de votos en una y otra región, en el caso extremeño, sus exigencias de contrapartidas a todas luces desproporcionadas para apoyar a María Guardiola delatan la nula voluntad para acordar y prefiguran más de lo mismo en el caso de Aragón. Se ha dicho que estas renuencias son fruto de una táctica: visto que les va bien en las urnas porque, hasta la fecha, al no tener responsabilidades de gestión en ninguna comunidad no sufren desgaste, van a insistir llevando el ninguneo hasta ver sí la cosa funciona también en los próximos comicios a celebrar en Castilla y León. Que serán muy significativos porque Vox ya formó parte del gobierno de la Junta y la cosa acabó como el rosario de la aurora.

Y después vendrán las elecciones en Andalucía que serán algo más que un test por su fuerte carga simbólica, dado que Juanma Moreno Bonilla competirá directamente con María Jesús Montero, vicepresidenta primera del Gobierno, ministra de Hacienda y núcleo catalizador del sanchismo.

Llegar a las próximas citas con pactos estabilizadores entre PP y Vox tanto en Extremadura como en Aragón transmitiría a los futuros electores del espectro conservador la certeza de que sería posible también a nivel nacional el cambio de ciclo que prefiguran los resultados salidos de las urnas en esas dos comunidades. Para que ese escenario cobre virtualidad, lo razonable sería que la dirección de Vox dejara de jugar al "cuanto peor, mejor". No deja de tener guasa porque la consigna es de recia y paradójica raigambre leninista.