domingo 15.09.2019

Mentiras arriesgadas

Era una de las comparecencias judiciales más esperadas. Sin embargo, la  expresidenta de la Comunidad de Madrid no se presentó en el juzgado de instrucción número 51 que lleva el acaso de su máster alegando que padecía "fuertes migrañas". Desconozco si lo habitual es lo que ayer hizo la juez: mandar a la casa de Cristina Cifuentes a un médico forense para comprobar efectivamente las "dolencias físicas" que aducía la ex presidenta. El facultativo, que fue acompañado de la secretaria judicial, efectivamente ratificó la dolencia y el juicio se aplazó hasta final de mes.

El caso Cifuentes y su máster fantasma además de que fue un bochorno político sin paliativos abrió debates colaterales que, inicialmente, pensamos que traerían cola: la burbuja de corrupción en la Universidad y la absurda titulitis que padecen políticos de todos los colores ideológicos, que ha generado la aparición de listas de “mentirosos” que en mayor o menor grado nos han hecho creer que eran lo que nunca con su esfuerzo consiguieron ser.

La espita en lo que a falseamiento de currículums se refiere la abrió escandalosamente hace años Luis Roldán, el exdirector de la Guardia Civil que se inventó una licenciatura en Económicas una ingeniería y un máster, aunque ¡claro! después de desvalijar como hizo los fondos reservados y robar a manos llenas a los huérfanos del instituto armado, lo que menos repercusión tuvo en su día fue que se inventara su inexistente trayectoria académica.

Ahora sin embargo hay un antes y un antes y un después tras la caída de la que fue presidenta de la Comunidad de Madrid, y aquí ha habido un auténtico borrado de currículums en un tiempo récord porque la mentira ya no sale gratis y todos tienen pánico a que les pillen. Cuando se destapó el escándalo yo en esta misma columna me preguntaba: "¿Por qué esa obsesión por la titulitis? ¿A qué se debe el afán de inventarse cursos, másters o licenciatura que nuestros representantes públicos no han estudiado? ¿Se debe solo a una vanidad que no tiene límites, a un clasismo descarado o a algo más? La titulitis es una enfermedad contagiosa que a muchos les lleva a mentir y si no se ha acabado con ella es porque en España rara vez se entona el “mea culpa”, y menos el verbo dimitir entre la clase política. Representantes públicos muy conocidos como Elena Valenciano, Patxi López, José Blanco, José Manuel Moreno Bonilla o la mediática Pilar Rahola -que decía ser doctora cuando solo era licenciada-, entre otros muchos, tuvieron que dar explicaciones de por qué afirmaban ser lo que no eran".

Siempre he pensado que la única vacuna para acabar con esa enfermedad, poco ejemplar y menos ejemplarizante, es la dimisión, y como hasta ahora casi ninguno de los que habian sido “pillados” se marcharon a su casa con el estigma del mentiroso, pues se optaba por el "pelillos a la mar". Afortunadamente eso ha cambiado y más allá de que detrás de la marcha con indignidad y oprobio de la que fue presidenta de la Comunidad de Madrid hubiera “fuego amigo” y lo hubo, su carrera se ha ido al traste primero porque mintió y después por que alguien tenía guardado en un cajón un vídeo de mayo de 2011 en el que se veía cómo era e conminada por un vigilante de seguridad a devolver dos botes de crema que había robado de un supermercado valorados en 40 euros. Acusada de mentir en el máster y de robar en una tienda la que hace apenas unos meses era una de las grandes esperanzas blancas de un renovado Partido Popular, aparece ahora como un juguete roto y nadie quiere tener un gesto con ella y los que menos los suyos.

Que el propio juez piense que se había inventado estar enferma para no acudir a declarar y alargar su propio calvario nos da medida de cómo está el patio. Yo odio las actitudes inquisidoras que muchos utilizan en este país, y me repugna que se haga leña del árbol caído, pero lo mejor de todo esto es que mentir ya no les sale gratis a nuestros políticos y aparentar lo que no son tampoco. ¿O si?

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