lunes 19.08.2019

Bankia: de Dioses a villanos

Hace años, cuando Rodrigo Rato fue detenido por primer vez por el caso Bankia que estos días está en fase de juicio oral, dije que la suya era la imagen de la indignidad, de la decepción, de un fin de ciclo. La foto famosa del agente de aduanas sujetando la cabeza de Rato mientras le introducían en el coche de la Policía, tras ser detenido, fue todo un compendio de una etapa política llena de trampas y mentiras donde los héroes eran en realidad villanos y donde casi nada era lo que parecía. Entonces viendo a Rato entrar en el coche policial como lo hacen los delincuentes -aunque no estuviera esposado- recordé como lo he hecho ahora -al verle sentado en el banquillo de los acusados visiblemente más delgado y demacrado por su estancia en la cárcel- al poderosísimo hombre que, al poco de ser elegido presidente del Fondo Monetario Internacional, fui a entrevistar a Washington. Ahora se le ve cabizbajo y envejecido y hace años era orgulloso y altivo. Antaño un referente moral y político hoy el símbolo de la decepción política, al menos para mi generación de periodistas que hemos intentado ejercer el contrapoder de forma honrada.

No sé al resto de mis colegas, pero a mí en pocos años se me han caído varios iconos políticos a los que respetaba porque les consideraba hombres honorables de esos que engrandecían la cosa pública, independientemente de sus ideologías. Aunque han sido muchos los que en su día aparentaban ser honrados mientras robaban a manos llenas para mi los más decepcionantes quizás fueron Jordi Pujol y Rodrigo Rato. Pensar que tantas y tantas veces como les he entrevistado -prácticamente a lo largo de toda mi carrera profesional- me han estado mintiendo a la cara me produce una repugnancia y una sensación de náusea difícil de describir. Les tenía a ambos por personas honestas, inteligentes, buenos estrategas, con cintura política para los momentos difíciles y capaces de limar asperezas pese a las discrepancias. Y ahora resulta que uno se estaba envolviendo en la bandera para llenarse la cartera y el otro, al que teníamos por el hombre que obraba milagros económicos, lo que hacia era milagros para repartir lo suyo por paraísos fiscales.

Ni siquiera la posibilidad de que en este país, al final, quien la hace acaba por pagarla, sirve de bálsamo reparador para el desasosiego que produce una gran estafa no tanto material como moral. El hombre que en su día dio, al menos en apariencia, la batalla contra el fraude fiscal resulta que estaba construyendo un entramado societario para poner a salvo sus propiedades de la fianza que le impuso el juez Ruz por el caso Bankia. El hombre que llegó a tener consideración de jefe de Estado y pudo ser presidente del gobierno de España cuesta creer que sea el mismo que ahora se sienta en el banquillo junto a 35 personas más físicas o jurídicas de todos los colores políticos (socialistas, de IU, populares sindicalistas o empresarios) para los que se piden penas que van desde los dos años y medio a los doce años de prisión por la salida a bolsa de la entidad, a tan solo un año de su caída. Cuesta creerlo porque nunca piensas que los dioses al final sean de barro y tan miserables y tan golfos como para tener una doble moral que les lleva a actuar justo al contrario de lo que predican.

Buscando la documentación del asunto me he topado con un artículo que en su diía, cuando fue detenido Rato, escribió mi amiga Victoria Prego. La periodista se preguntaba qué le va pasar a España ante este desfile incesante de sinvergüenzas que en su día ocuparon las tribunas de los prohombres. "Todos ellos han cometido un delito más grave que los que están castigado en el Código Penal: la traición a su país y a su historia. Y esa deuda no la podrán saldar jamás porque han dañado profundamente la consideración que los españoles tenían de sí mismos como nación. Es un delito de lesa patria porque han ofendido a un país entero", afirmaba ella y yo añadía y añado que amén, que no nos lo merecemos y que nadie se merece tener unos gobernantes que se aprovechan de quienes deben proteger y defender. De ahí la desolación, la decepción, el desgarro y la indignación de la ciudadanía. ¡Basta ya! ¡Corruptos fuera! y que todos sepan que quien la hace la paga con creces.


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