martes 07.07.2020

El corazón del presidente

En más de un ocasión, en el pleno del Congreso, el presidente del Gobierno apeló a su corazón. Y lo hizo para decirle a Pablo Casado que de corazón estaba dispuesto al acuerdo, al consenso. Han transcurrido varios días de esa declaración. Cabía esperar que el corazón del presidente se pusiera en marcha, palpitara con la vitalidad suficiente como para no caer, de nuevo, en el error de la displicencia, de la ignorancia del líder de la Oposición que, de manera sistemática, ha venido apoyando todo cuanto el Gobierno ha llevado a la Cámara.

Quiero pensar que el corazón del presidente se sienta agobiado. La situación es endiablada. Al temor al virus se une una crisis económica que va a dejar pequeña a la que le tocó lidiar a Rajoy. El futuro, al menos el más inmediato, es absolutamente tenebroso.

Ante tanta niebla resulta incomprensible y pasmoso que el corazón del presidente no haya atinado a algo tan obvio como hablar con la Oposición ante de poner en circulación un farragoso plan de desescalada, tan farragoso que todo se concreta a última hora. Primero se lanza la idea y luego Dios dirá. No obstante, creo que afrontar la llamada desescalada no es asunto fácil. No hay un manual de instrucciones previo, de ahí que obvie una crítica al mismo. Pero precisamente por ello, porque soy consciente de su dificultad es justo por lo que resulta incomprensible que el corazón del presidente se haya confinado y no haya buscado, de forma activa y sincera, el cobijo de quienes constituyen el Congreso de Diputados.

Solo desde la soberbia, desde el sectarismo y elevadas dosis de dogmatismo se entiende que el corazón del presidente se haya helado y pretenda ahora que aquellos que le llevaron a la Moncloa, primero, y la Oposición, después, se avengan a sus planes sin rechistar. ¿Qué concepto es ese de la democracia? ¿Dónde queda el sentido institucional al ignorar hasta la humillación al principal partido de la Oposición? ¿Cómo es posible que en un estado cuasi federal como el nuestro los gobiernos autonómicos se enteren a posteriori de planes que les afectan directamente?

Al corazón del presidente se une la mano tendida de Pablo Iglesias. A todos tiende la mano el vicepresidente, pero a ninguno, ni él ni el presidente, siquiera les ofrecen un saludo. Y no lo hacen porque creen que quienes les llevaron a la Moncloa no les dejarán caer porque podría ocurrir que el futuro Gobierno fuera del PP. Ante semejante amenaza, Sánchez tensa la cuerda del no acuerdo porque si lo quisiera de verdad, hubiera escuchado a Urkullu y al propio Rufián a quien no le falta razón cuando les recuerda que ellos le ayudaron a ser lo que hoy son. Pero no tienen memoria. O mejor, dicho la tienen, claro que la tienen pero sólo para recordar al PP que ellos, PSOE y UP, son más sensibles al dolor ajeno, les duele más que a los demás las situaciones de pobreza, el paro. Y todo tiene un límite o debería tenerlo.

Sánchez e Iglesias han formado un tándem más compacto de lo que parece. Tan compacto que todo un gobierno calla o defiende que su vicepresidente critique sin piedad no una sentencia, no, sino la actitud de los jueces, blandos, según él, con los poderosos y duros con la "gente". ¿No es esto algo más que un bulo contra lo que quieren luchar? Si al vicepresidente le ampara la libertad de expresión, ¿por qué cuando alguien critica al Gobierno es antipatriota?

A la hora de escribir estas líneas ignoro cual será posición final de los grupos parlamentarios cuando próxima semana se lleve al Congreso la prórroga del estado de alarma pero ¿saben?, quizás no vendría mal que el Gobierno se llevara un pequeño susto para que el corazón del presidente no quedara confinado en la soberbia y el dogmatismo.

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