Domingo 21.10.2018

Portavozas

El reciente empleo del término «portavozas», por parte de una diputada para referirse a determinadas portavoces de grupos políticos en el Congreso, ha vuelto a poner de relieve la necesidad de una actualización del lenguaje, que suponga una visualización real de la mujer en sus diferentes ocupaciones.

Ya en el año 2008, la ministra de Igualdad del gobierno de Zapatero habló de «miembras» para referirse a las mujeres que eran miembros de una comisión del Congreso, en un alarde por nombrar de manera específica a todos los presentes. El lenguaje forma parte de lo que hay que arreglar de cara a una igualdad efectiva, y hay que hacerlo de manera transversal en todos los ámbitos sociales, políticos y de gobernabilidad. Pero no conviene caer en excesos lingüísticos que nos lleven a coger el rábano por las hojas y a perder la esencia por el camino.

En realidad, lo que subyace en el uso de esas palabras inventadas es la intención de que la mujer sea visualizada en el conjunto de la sociedad en igualdad al hombre, como la mitad de la misma que es, y el lenguaje juega un papel fundamental como elemento de igualdad o de discriminación. Fijémonos en un par de muestras, pues un coñazo es, según nuestro diccionario, «persona, cosa o actividad que se caracteriza por su inutilidad o machaconería y resulta pesada o molesta», o también, «fastidiar o molestar mucho». En tanto que algo cojonudo significa «que es extraordinariamente bueno». Tómense la molestia de comprobarlo.

Si, según el mismo diccionario, el lenguaje es la «capacidad propia del ser humano para expresar pensamientos y sentimientos por medio de la palabra», estamos ante la razón por la que desde la política quieren cambiar determinadas expresiones, en un intento (quizá baldío) de mejorar desde el origen el tratamiento de lo femenino en el conjunto de la sociedad.

En conclusión, la política trata de influir en la lingüística para que las palabras y sus acciones vayan de la mano en favor de conseguir una sociedad más justa, más equitativa y más equilibrada, pues, como declara el Papa Francisco para un ámbito más amplio, «si queremos resolver verdaderamente los problemas, habrá que atajar la raíz de todos los males, que es la desigualdad».

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