Opinión

Los odiadores de Nadal

El odiador es un espécimen muy característico, un auténtico endemismo, de la fauna española. Forma parte de lo que antes se llamaba, cada época tiene sus palabros, idiosincrasia, y ahora elemento identitario común. Incluso, y de manera muy determinante, de quienes aborrecen lo que son, o sea españoles.

El odiador hispano, acorde a sus raíces es de lo más extravertido y gritador, un voceras, vamos, en maravillosa definición agrario-popular, y busca tapar a base de vocerío el sentir general por muy masivo que este sea. Yo diría, que cuando más abrumadora sea y mayor la emoción positiva, más se desgañita, se cabrea y odia él.

Entre su muy diversa fauna, los hay en todos los segmentos, colores, actividad, momento y estación, ha parecido en estos últimos días, explotando ya del todo su vesania y furor este domingo, una nueva subespecie: el odiador de Nadal.

Mientras la inmensa mayoría conteníamos la respiración ante su hazaña y sufríamos angustiados porque no pudiera completarla, ellos, tras haberle dado por muerto, hubo quien lo hizo en esa barra de bar a las tres de la mañana y con seis copas que es Twitter, se desesperaban viendo como resucitaba, una vez más, y acababa por triunfar alegrándonos el día, cosas estas del deporte un tanto irracionales, pero hermosas, y como hacernos querer entre nosotros y a nosotros mismos un poquillo más. Fue entonces cuando el odiador de Nadal, salió de la pupa y se echó a volar y chillar

El pelaje del odiador de Nadal, como en muchas ocasiones, es muy variopinto, pero en esta ocasión lo es aún más, aunque con un denominador común en todos los casos, cuanto más extremista por cualquiera de los cuatro puntos cardinales personales o ideológicos, mejor.

Porque lo que ha sucedido ahora y provocado la eclosión es que al odiador histórico de Nadal, la tropa separatista, por su sencilla, serena y sentida españolidad y sus adláteres de la extrema izquierda, se ha unido, proveniente en buena medida del otro extremo, aunque ni mucho menos todos, pero bastantes sí, los catecúmenos de la antivacunación. Y ahí los tienen echando espumarajos por las cuentas y las redes porque ha ganado el Open de Australia y se ha convertido en el tenista con más grandes triunfos de la historia mundial.

Son ellos, en este caso, quienes llevan el odio cantante, porque los otros, los del extremo contrario, en este caso, permanecen amagados. Saben de la potencia del mito y de la enorme admiración que su persona y actitud despiertan en el común de las gentes y, si cabe más, entre las de a pie. Así que aunque a Otegi, Junqueras y las reinas podemitas les sepa a rejalgar se guardan mucho de que se les note el asco mientras que los otros, más explosivos y encerinados, no cejan de proclamar su disgusto y loar a quien han convertido en su héroe contra el español: Novak Djovick. Que más les valdría pensarse si, más allá de que juegue divinamente al tenis, es digno de mucha admiración un personaje cuyas trampas y mentiras han quedado tan al descubierto y son dignas de anotar más allá de que no se quiera vacunar.

Y a quien hay que reconocer, por cierto, la felicitación a Rafa, que sus desquiciados seguidores le niegan a aquí a su compatriota aquí. Porque, no se equivoquen, más allá de cualquier cosa lo que les ha dejado descompuestos ha sido que haya ganado Nadal. Cualquier otro, el ruso Menvedev, el italiano Berretini, el canadiense Shavolopov o el griego Tsisipras les hubiera parecido mejor. Pero que haya ganado Rafael Nadal los tiene desquiciados y abrazados, una vez más, ¡que cosas!, a los del otro extremo con el que tanto y en tantas ocasiones coinciden, en odiar. Unidos por el Odio sería la pancarta tras la cual pudieran ambos desfilar.

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