Opinión

Lamine, como metáfora

La viralizada imagen del padre marroquí de Yamine Yamal sumándose en la grada del estadio al grito de "¡Yo soy español, español, español...¡" cuando su hijo adolescente marcaba un bellísimo gol a la selección francesa, es la metáfora perfecta del salmo que suele pregonar un hombre tan cargado de sentido como el conocido empresario José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio. A saber: "Los inmigrantes se han convertido en el futuro de España.

La España mestiza de Luis de la Fuente, depredadora de Alemania y Francia en partidos memorables, no podía haber encontrado mejor momento para hacerse visible y dejarnos a todos en estado de euforia incontenible. Pero eso es fútbol. Aquí se trata de sociología, con asterisco especial relativo a los derechos humanos como uno de los tres mandamientos en la parte del llamado mundo civilizado (los otros dos son urnas y leyes; es decir, democracia y derecho).

El respeto a la dignidad humana es compatible -debe serlo- con el bien común. Y en este sentido no es nuevo saber que nuestro país tiene un problema demográfico. Cada vez nacen menos niños. El envejecimiento de la población pide a gritos que los españoles tengan más hijos. Pero si no hay hijos tendrá que haber inmigrantes.

Dicho de otra forma: el problema es el envejecimiento de los españoles y la solución es la acogida de inmigrantes. Legales e ilegales, pues hay razones humanitarias no cancelables en nombre de la ley. Mucho menos en nombre de intereses políticos, como los que se ventilan en las relaciones del PP con Vox tras las amenazas de ruptura del segundo (gobiernan juntos en cinco Comunidades Autónomas) si el primero comete el pecado de ser solidario en el reparto territorial de los "menas" (menores no acompañados) que han desbordado la capacidad de acogida de Canarias, Ceuta y Melilla.

El problema interpela a los gobernantes, nacionales y territoriales, como los que acaban de reunirse en Tenerife para discutir sobre el llamado reparto obligatorio de los "menas". El problema es de gestión. Entre otras cosas, de cómo racionalizar la llegada de inmigrantes ilegales. Pero, sobre todo, de cómo humanizarla.

De entrada, ningún inmigrante, y menos un niño, debería pagar los platos rotos de una relación entre partidos políticos o, aún peor, de ignorar el respeto a los derechos humanos en la regulación legal de los fenómenos migratorios. Una consideración moral inscrita en el hecho verificable de que el migrante viene a buscarse la vida, no a repartir "robos, machetazos y violaciones", según el bárbaro diagnóstico de Santiago Abascal, líder de la ultraderecha.

De la inmigración puede salir un delincuente o una estrella del fútbol español. Aplíquese a los de aquí de toda la vida.

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