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José Luis, el piloto parapléjico vuelve a volar: la épica del superviviente del Airbus

CLM24 | 24 de marzo de 2019

José Luis, el piloto parapléjico vuelve a volar: la épica del superviviente del Airbus - FERNANDO RUSO / EL ESPAÑOL
José Luis, el piloto parapléjico vuelve a volar: la épica del superviviente del Airbus - FERNANDO RUSO / EL ESPAÑOL

Hace cuatro años sobrevivió al accidente de la nave siniestrada en la capital andaluza, con cuatro compañeros muertos. En silla de ruedas ha vuelto a pilotar con EL ESPAÑOL como pasajero

Un reportaje de Pepe Barahona y Fernando Ruso publicado en EL ESPAÑOL

El día en el que todo cambió, José Luis estaba haciendo lo que más le gusta: volar. Lo había hecho muchas veces antes, pero ese vuelo del 9 de mayo de 2015 marcó su vida. A dos minutos del despegue, un fallo en el motor hizo que el avión, un Airbus A400M en vuelo de prueba, se precipitase sin remedio en el extrarradio de Sevilla. Fallecieron cuatro de los seis tripulantes. “Pienso en ellos todos los días”, confiesa José Luis de Augusto, ingeniero de ensayo en vuelo, piloto de vocación y uno de los dos supervivientes. Ahora, pese a la paraplejia que lo tiene anclado a una silla de ruedas, ha conseguido volver a volar a los mandos de una aeronave. “En el aire no hay discapacidad, soy libre”.

José Luis bromea antes de subirse a la aeronave que hoy pilotará junto a los reporteros de EL ESPAÑOL. “Por estadística, ya he tenido un accidente; entiendo que ya dos veces… es complicado”, resuelve esbozando una sonrisa.

El piloto deja la silla de ruedas en la plataforma y se sube a la aeronave impulsándose con fuerza por el ala derecha, en una zona transitable, desde donde va arrastrándose en una maniobra en la que se ve el esfuerzo necesario para completarla. En el Piper PA-28-161 Warrior II, un avión monomotor, que hoy pilotará hay cuatro plazas. Él se sitúa delante, en la parte izquierda. Sus piernas no tienen fuerza, por eso se ayuda con la ayuda de las manos. Una vez instalado en su sitio, no hay diferencias entre él y el resto de tripulantes.

El piloto suma cientos de horas de vuelo, tiene 35 años y ha sido padre de su primer hijo hace once meses. Se mueve en silla de ruedas, con naturalidad, por la plataforma en la que están estacionadas las aeronaves en el aeropuerto San Pablo de Sevilla. El cielo está despejado, pero en la torre de control avisan de la presencia de turbulencias.

De la mochila que lleva a la espalda sobresale mínimamente un trozo cilíndrico de metal negro. “Este es el invento que me permite volar”, explica José Luis. La pieza es aparentemente sencilla, de unos cincuenta centímetros y doblada en varias partes para adaptar los pedales de la aeronave —que solo son necesarios para las maniobras en tierra— a una forma de conducción manual. “Llegué a pensar que no volvería a volar jamás”, insiste el piloto.

De niño, José Luis se subía a la azotea de su casa, cercana al aeropuerto, para ver pasar los aviones. Desde allí, sentado esperando sin saber cuándo pasarían, prestaba atención a las maniobras de aproximación a la pista. “Ese era mi hobbie”, recuerda con los ojos brillantes. “Sentarme y esperar a que pasaran”, detalla. “Sentía admiración, interés por saber cómo podían volar —desvela—; y, mira, al final eso me llevó a ser ingeniero aeronáutico y piloto”. 

Voló por primera vez, como pasajero, siendo un niño. “A Canarias”, recuerda. Estaba fascinado por el hecho de que aquella mole se elevara rápido al cielo. Desde entonces, y a pesar de su trágica experiencia, asegura que el aire es su estado natural. “No siento estrés o ansiedad como otra gente, en el aire experimento una sensación de bienestar, cuando vuelo es cuando más tranquilo estoy”, puntualiza José Luis.

El camino hasta cumplir su sueño de convertirse en piloto no fue fácil. José Luis compatibilizó los primeros años de la carrera de ingeniería aeronáutica con la titulación de piloto de transportes y líneas aéreas. Todavía no había acabado sus estudios universitarios y ya volaba y ejercía como piloto instructor de vuelo. Siendo de Sevilla, una ciudad con notable tradición aeronáutica, empezó a trabajar en Airbus, que ensambla en la capital andaluza el A400M, un avión de transporte militar de largo alcance. Primero en el departamento de certificaciones, en tierra firme, y luego comoingeniero de ensayo de vuelo, en el aire.

“Fue duro, bastante duro”

Así, desde dentro, cumplía su sueño de volar por partida doble. Por la mañana en los A400M, con picos de dos vuelos por semana; y por la tarde, en pequeñas aeronaves de mil kilos como jefe de la escuela e instructor de vuelo en el Real Aeroclub de Sevilla. “Si te gusta… nunca llega a ser una obligación”, afirma José Luis.

—¿En qué momento fue consciente de que no iba a volver a volar?

—Es curioso, cuando tienes un accidente de estas características, inicialmente estás contento por haber sobrevivido. Después se desencadena un proceso de asimilación donde empiezas a entender las repercusiones que tiene tu lesión. No sé con certeza cuándo lo descubrí, pero sí sé que llegó ese momento y vi que era un antes y un después dentro de mi vida profesional. Fue duro. Bastante duro. Porque era algo vocacional, algo para lo que me había preparado muchísimo, porque estaba en un punto de mi vida ideal y de pronto, de buenas a primera, me vi en una silla de ruedas sin poder ejercer mi profesión, con dolores, limitaciones… se hace duro.

José Luis tiene diagnosticada una gran invalidez por una lesión medular que le afectó a las vértebras de la zona lumbar. “Una paraplejia”, resume el joven sevillano, galardonado con la Medalla de Andalucía en el año 2018. José Luis recuerda el antes, el durante y el después del accidente, pero por respeto a las familias de los fallecidos prefiere guardarse los detalles para él. Sí reconoce que fue consciente de la situación antes del choque, que siguió trabajando para reconducir la situación hasta el momento final, cuando según la investigación los pilotos decidieron un aterrizaje de emergencia en una zona de cultivos. La mala suerte quiso que impactaran antes con un tendido eléctrico. Las consecuencias fueron fatales.

Fallaron tres motores del avión MSN23 —vendido a las Fuerzas Aéreas Turcas y con fecha de entrega a poco más de un mes vista—, que quedaron congelados en pleno vuelo a los pocos minutos de despegar. El fallo nunca podía haberse detectado en tierra, y una vez en el aire la situación fue irreversible, sin siquiera la posibilidad de llegar a la pista de aterrizaje.

Las cajas negras señalaron que el fallo estuvo en el software que transmite las órdenes a los motores. Así lo dictaminó la Comisión para la Investigación Técnica de Accidentes de Aeronaves Militares (CITAAM) y así lo corroboró el responsable de estrategia y Marketing de Airbus, Marwan Lahoud, que directamente señaló a fallos en el ensamblaje en la factoría sevillana.

La retahíla de investigaciones, declaraciones y polémicas pilló a José Luis en mitad de su recuperación. El ingeniero estuvo dos días en coma en el hospital Virgen del Rocío de Sevilla, luego dos semanas en la Unidad de Cuidados Intensivos, seis meses ingresado en planta y poco más de un año adicional en tratamiento ambulatorio. Actualmente sigue su proceso de recuperación con la rehabilitación junto con los fisioterapeutas y demás servicios médicos.

Volver a ser piloto

“A los dos meses fui consciente de que no iba a volar más”, confirma el piloto. Y sigue: “No es algo inminente, igual que el hecho de saber que no vas a volver a andar más. El cuerpo es inteligente y va a asimilando paso a paso todas esas circunstancias. No es algo que se hace de golpe, de un minuto a otro. Es paulatino. Así sí se puede afrontar”. 

—Pero volvió a volar.

—Sí, aquí estoy, de nuevo volando como piloto.

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