Omar reina en la noche de NY: "En mi restaurante hay quien paga 3.000 euros, pero siento a Madonna con el que me recoge la basura”

Todo lo que toca se convierte en club de moda: lo mismo le visita Michael Cohen o Spike Lee que Al Pacino. Él se bautiza como un "yonqui de lo extraordinario" y congrega a la crème de la crème con pasmosa facilidad en la zona más lujosa de NY. Quien sale de su restaurante no vuelve a ser el mismo

Omar reina en la noche de NY: "En mi restaurante hay quien paga 3.000 euros, pero siento a Madonna con el que me recoge la basura” - PATRICIA MORALES / EL ESPAÑOL
photo_camera Omar reina en la noche de NY: "En mi restaurante hay quien paga 3.000 euros, pero siento a Madonna con el que me recoge la basura” - PATRICIA MORALES / EL ESPAÑOL

Una entrevista de Lorena G. Maldonado publicada en exclusiva en EL ESPAÑOL

Omar Hernández lo llaman “el gurú de la noche neoyorquina” -cada local que se deja tocar por su gracia se convierte en el club de moda-, pero es mucho más: una suerte de Scott Fitzgerald orquestando, entre el lujo y la bohemia, las fiestas de la ciudad que nunca duerme, un anfitrión inolvidable, un hombre elegante y cálido que trabaja con material sensible: la felicidad. Él construye momentos con la precisión de un ingeniero y la imaginación de un novelista. Él sabe que, aunque en esta feroz era de Instagram no paremos de sonreír en las fotos, la procesión y los hastíos van por dentro: así que su oficio es crear hogar, crear alegría, crear entusiasmo. Hacer de la vida otra vez un lugar cool, una broma habitable.

Quien lo probó, lo sabe: Omar, con un solo café en la mesa -el que bebemos mientras se sucede esta entrevista- edifica una velada piedra a piedra, como quien construye una catedral. Todo es extrañamente agradable y estimulante. Ese es el don que llevó al éxito a su restaurante La Ranita, en Manhattan, y el que ahora se ha repicado en Omar’s, situado en el Upper East Side. Lo mismo acoge a Michael Cohen que a Spike Lee. Igual da Madonna que Al Pacino. Todo el mundo quiere ir a casa de este carismático venezolano y empaparse de su filosofía. Mientras, él abre los brazos, como Rick en Casablanca, y no juzga, aunque a ratos trata de esquivar la superficialidad. El lujo, dice, está tanto en el falafel de 5 dólares como en la velada de 50.000. Sólo hay que saber mirar

Soy ingeniero eléctrico. Me creerás loco, pero de ahí aprendí el sentido y la importancia de la comunicación. Mi especialidad es Telecomunicaciones. Quizá sea un poco nerd, un poco friki, pero decidí que iba a adaptar el sentido de las comunicaciones a la vida real, y así lo hago en mis restaurantes. Lo hago en el área de la hospitalidad, de los servicios… Conecto a la gente adecuada, creo momentos. De todas maneras, ya tu carrera no te define, te define lo que vos hacés, tu pasión.

Dices que hay mucha gente que no tiene la suerte, como yo, de dedicarse a su pasión. Así es, y creo que esta es una de las grandes tragedias de la sociedad moderna. Hay costes, hay sacrificios… pero yo creo que en algún momento la vida te da la oportunidad de hacerlo, ¿sabes?, de apostar por ello. Y ahí tienes que estar, pero no todo el mundo es capaz de pagar el precio. Yo soy un yonqui de lo increíble, de lo extraordinario, y eso es lo que todos los días busco, hasta en lo más sencillo, en lo cotidiano. Eso lo traslado a mis clubs, a mis restaurantes. La rutina para mí es la muerte lenta. Me preguntas si se puede vivir siempre en la sorpresa, en el reto. No. No para un ser humano normal. Pero yo no soy normal en ese sentido. Yo estoy conectado con el hombre ingeniero y con el hombre impetuoso, y lo voy gestionando. No, no estoy agotado.

¿Los cinco comensales más importantes que he tenido...? Mira, te voy a decir los que me han brindado mejores experiencias. Por ejemplo, alguien familiar español… Marta Sánchez. Marta me dio un momento muy interesante. Yo tengo un restaurante totalmente americano y viene clientela de todas partes del mundo. Hablábamos, y, de broma en broma, le dije “Marta, hay una canción que me encantaría que me cantaras”. Colgando en tus manos. Y se la puse y todo el salón se sabía la letra. Ella la cantó, e influyó ahí de manera mágica. Pienso también en una bailarina, Misty Copeland, que es la primera bailarina del American ballet, la más importante. En una cena yo le digo: “Ay, anda, hazme unos pininos… tráete los cosos”. Y me bailó. Julianne Mooretambién es divina. Le pidieron autógrafos, cosa que yo nunca dejo hacer, y ella los dio todos… muy generosa. Hace dos años preparé una fiesta de Año Nuevo y mi anfitrión fue Al Pacino. Le pedí que me leyera el monólogo de Scarface.Fue un momento especial.

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