El cariño de perros, gatos y personas: ¿se puede querer más a un animal que a tu pareja?

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Muere un perro de 16 meses después de comerse una mascarilla tirada en la calle
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Según recoge YASSS, damos por hecho que quieres muchísimo a tu perrete (y le entiendes con solo mirar cómo mueve el rabo); amas a tu gato o a esa tarántula extremadamente venenosa que te trajiste de contrabando en tu viaje a Brasil y que tan buenas anécdotas ha dado entre tus amigos (incluido el que murió por ofrecerle a ese bicho un dorito de una bolsa en un botellón que se fue de las manos).

Apostaríamos que tu amor y tu vínculo con tu mascota es tan férreo que puede que pienses que te va explotar el corazón, incluso al verla hacer sus necesidades, y, si te forzaran a elegir en una disyuntiva moral, un todo o nada entre tu pareja (o tu madre o tu padre) y el animal, sabes bien lo que escogerías. “Cariño: entre tú y la tarántula, elijo a la tarántula: más vale veneno conocido que ponzoña amorosa por conocer”.

¿Puedo querer a mi mascota más que a una persona?

El debate, de hecho, es tan viejo como nuestro vínculo histórico con los animales y las relaciones que hemos establecido con ellos. Los memes guían nuestro razonamiento, y la ficción ayuda con sus imágenes. En los textos sagrados, San Agustín se pasaba media vida predicando el amor por las criaturas grandes y pequeñas (y suponemos que tejiéndoles rebequitas a los gorriones de los territorios cristianos), y Tony Soprano, borracho de duelo, ira homicida y amor, estranguló con sus propias manos a uno de sus capitanes cuando descubrió que había matado a su caballo predilecto para cobrar el dinero del seguro.

Media España tembló cuando Hugo, uno de los concursantes de La isla de las Tentaciones, mantuvo este diálogo frente al fuego purificador de la hoguera.

"–Lo que me ha contado es que te preocupas más por la cabra que por ella, Hugo.
–Sí, es verdad eso.
–Cuando te preocupas más por una cabra que por la pareja que tienes al lado…
–Yo cuando me preguntan a quién quiero más, si a mi perra, a mi cabra o a Lara, no sé qué contestar."

Pero viajando a tierras más científicas (y cálidas por sus datos empíricos) hasta la psicología y la biología se han planteado formalmente esta cuestión: si nuestro amor por los animales puede ser igual o superior al que sentimos por otros seres humanos, qué vínculo trazamos con ellos y cuáles son las respuestas psicológicas ante un hecho como la muerte de nuestro o perro o nuestro gato, un ‘palo’ que puede producirnos un desgarro tan brutal y una depresión exactamente iguales que la muerte de un ser querido.

Hasta la fecha, se han documentado casos de dueños de animales que, cuando sus animales mueren, experimentan un proceso de duelo idéntico al de un ser querido, con esa escena tan habitual en la que creen oír por la casa las carreras o los aullidos de su difunta mascota.

¿Es el vínculo el mismo? ¿Tiene la misma validez?

Por supuesto que la tiene, a juzgar por lo que los datos han dictaminado al respecto. Existen ya diversos estudios serios que han tratado de explicar las razones por las que las personas establecemos una serie de lazos afectivos sólidos con los animales.

El proceso de empatía, por ejemplo, ha sido estudiado por Arnold Arluke y Jack Levin, con un famoso experimento. En él, los investigadores mostraban a un grupo de personas artículos periodísticos en los que supuestamente se describía un acto de crueldad hacia una persona de 30 años, un bebé, un perro adulto y un cachorro.

El grupo de estudio se dividió en los que recibieron el artículo que hablaba de actos criminales cometidos por un adulto hacia otro. Un texto similar fue a parar a las manos de la otra mitad del grupo, pero esta vez, la información era un poco distinta: se describía la paliza con un bate de béisbol a un perro adulto y a un cachorro de perro. ¿Adivinas cuáles fueron las noticias que generaron más empatía en el público? La historia del bebé y, en segundo lugar, la del cachorro, probando que la empatía con los animales tiene muy en cuenta también el factor de la edad y el ‘desvalimiento’ que nos produce (un perro frente a un ser humano, en clara ventaja)

Otro de estos trabajos es ‘Why do people love pets?’, de John Archer, un investigador de la universidad de Lanchaschire, en Reino Unido. Archer explica que nuestros animales generan en nosotros respuestas afectivas ‘antropologizadas’ basadas en nuestro rol de padres y cuidadores, que proveen de cariño, educación y protección a su ‘hijo’ (el animal a nuestro cargo). Archer lo explica así: "Los humanos pueden obtener más satisfacción de su relación con su mascota que con otros humanos, dado que sustituyen un tipo de relación incondicional ausente en otras personas"

Por eso, el vínculo y el afecto son tan fuertes. Según este investigador, proyectamos en nuestro animal una serie de respuestas que fidelizan la relación mutua. Lo que esperamos del perro o, como Hugo, de la santa cabra, es una fidelidad y una dependencia que siempre es recompensada, a diferencia de lo que puede suceder con nuestros vínculos con otros seres humanos, con sus propias necesidades e intereses. De ahí que la respuesta sea afirmativa, y el vínculo con un animal pueda gozar de una unidireccionalidad a prueba de bombas.

La cabra puede morir, y seguramente, para Hugo sea exactamente igual de doloroso que la pérdida de su pareja en un terrible accidente.

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