Martes 16.10.2018

Los legionarios abandonados: José Antonio, enfermo, vive con 360 euros en un piso compartido

Este antiguo 'legía' convive en un vivienda auspiciada con otros ochos militares que tras su servicio tienen dificultares para incorporarse a la vida civil

Los legionarios abandonados: José Antonio, enfermo, vive con 360 euros en un piso compartido - FERNANDO RUSO / EL ESPAÑOL
Los legionarios abandonados: José Antonio, enfermo, vive con 360 euros en un piso compartido - FERNANDO RUSO / EL ESPAÑOL

Un reporta de Pepe Barahona y Fernando Ruso publicado en exclusiva en EL ESPAÑOL

José Antonio Sánchez Paz, el cabo Paz, llora cuando habla de la Legión. “Es lo más grande que me ha pasado en la vida”, insiste en voz baja y entrecortada, casi susurrada.

Su cuerpo, ahora escuálido y huesudo, ya no recuerda al del legionario vigoroso y nervioso que fue hace cuatro décadas. Tiene 60 años y se ahoga en las frases largas. Por eso desmenuza sus conversaciones en pequeñas exhalaciones a modo de sentencias.

“Ser legionario es el mayor honor —respira hondo—, al menos para mí; es ser una persona muy capacitada, que vale para muchas cosas —inspira—; y no sé por qué cuando dejamos de interesar, cuando ya nos han usado —toma aire—, nos ignoran, nos olvidan”.

El cabo Paz explica que en la Legión hay un dicho: “Lo imposible lo hacemos al momento; los milagros también, pero tardamos un poquito más”. En su caso, lo imposible es sobrevivir con una exigua paga de 360 euros al mes, una pensión por su enfermedad. El milagro, haber salido de la calle y vivir bajo techo en una casa que comparte con otros ocho legionarios auspiciados por la Fundación Tercio de Extranjeros.

“Que vengan los problemas, que aquí estamos”, sentencia con propósito férreo y ánimo desvencijado quien sirvió en la Segunda Bandera de la Legión y a punto estuvo de intervenir con otros legionarios en el que fue el Sáhara español cuando la Marcha Verde. “Pero Franco —apunta decepcionado José Antonio— no dio la orden y lo entregó a Marruecos”.

Poco después de la quimérica intervención en el Sáhara Occidental, José Antonio se vio obligado a dejar la Legión por culpa de unas varices que le hicieron pasar en más de una ocasión por el quirófano. “Me dijeron que no era apto —respira—. Cosa normal, porque al Ejército no se va a jugar”. Su vida castrense se limitó a cinco años. “Quise hacer carrera militar, pero…”. En ese punto y seguido empezó su batalla.

Varios años de albergues y noches a la intemperie después, el cabo retirado Paz cura sus heridas desde hace dos años en una casa de dos plantas en el centro de Málaga. Las piernas siguen doliendo y la respiración cuesta, pero por lo menos no tiene que hacer uso de la tienda de campaña y la bombona de camping gas que todavía guarda por si las cosas vienen mal dadas.

“Sé que ellos no me van a fallar. En todo lo que me ha pasado, la Legión siempre ha estado a mi lado. No tengo ninguna queja, todo lo contrario —se emociona—; es mi mejor aliada, lo mejor que me ha pasado”.

A José Antonio se le saltan las lágrimas. “Vaya —se disculpa secándoselas con su flaco brazo de venas marcadas y tatuajes descoloridos—, sabía que no tenía que hablar”.

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