miércoles 16.10.2019

Fernando Castro: “Los políticos son analfabetos: para Iglesias la cultura es tocarte una de Sabina”

"Mario Vargas Llosa es el retrato de un indocumentado" / "Toda la gente que se declara apolítica es totalitaria" / "Tierno Galván era una momia en vida"

Fernando Castro: “Los políticos son analfabetos: para Iglesias la cultura es tocarte una de Sabina”
Fernando Castro: “Los políticos son analfabetos: para Iglesias la cultura es tocarte una de Sabina”

Una entrevista de Julen Berrueta publicada en EL ESPAÑOL

"El profesor Fernando Castro se golpea con su propio libro en la cabeza, es trasladado a urgencias y se envenena con su estética de la crueldad. Fue imposible entrevistarle porque cometió actos indecentes y la policía le multó con 12.000€ por enseñar sus órganos sexuales, su mínimo aparato, en una plaza al lado del Centro Cultural de Conde Duque". Son las palabras del esteta Fernando Castro Flórez sobre cómo una entrevista o cualquier pieza periodística conseguiría más lectores en una sociedad donde lo provocador y los clicks son el mecanismo más viable.

Acaba de publicar su nuevo libro Estética de la crueldad (Fórcola Ediciones) donde ofrece un recorrido por el caótico siglo XX y un presente de "exhibicionismo delirante de la propia nulidad, con una extraordinaria falta de pudor y un singular servilismo de las víctimas que participan, de una forma aparentemente gozosa, en el espectáculo de la humillación".

Hablamos durante hora y media, bajo el sol primaveral que atravesaba los árboles que nos rodeaban en el céntrico barrio de Chamberí.

En su libro utiliza la palabra marco fuera de su significado literal como una metáfora en el mundo del arte. ¿A qué se refiere con el concepto de marco?

Sobre todo me interesaba poner en cuestión una idea habitual en el arte contemporáneo que abarca la música, el cine, la coreografía etc. La idea es que estas artes rompen los marcos. Se liberan del pedestal, salen fuera del escenario teatral, atraviesan las paredes del museo y salen del ámbito institucional. Es decir, ocurre una ruptura del marco tradicional. Sin embargo, desde hace un tiempo estoy pensando que esas salidas son solo aparentes y que lo que se está produciendo es una especie de reenmarcado, una vuelta a la institucionalidad. 


Muchos comportamientos que se declaran subversivos, radicales o transgresores —ese comportamiento casi neopunk o pseudopunk que viene a revolucionar las concepciones del cuerpo, la sexualidad o la pintura— caen en una paralización y quedan atrapados por el mercado y por los museos que se supone que vienen a cuestionar. Tengo claro que existen sistemas de enmarcado, de clasificación, de inclusión y exclusión. Al mismo tiempo, en mi libro fue tomando protagonismo la crueldad, ya que estamos en un tiempo desquiciado y cruel.

Va relacionado con esa gente que se cree que está fuera del sistema pero que realmente es parte de él.

Sí. En realidad, cuando uno tiene una posición inicial y viene con toda la energía jovial y juvenil de oponerse a lo establecido, tiene esa actitud de saboteador con el objetivo de que salte por los aires aquel tapón que le impide desarrollar su expresión artística. Luego es cierto que te das cuenta de que ese sabotaje o crítica vas a tener que hacerlo desde dentro de la propia institución. La pretensión de que hay un “afuera” es fruto de la ingenuidad o de la ignorancia. O incluso una coartada cínica: que uno se presente como un outsider pero que realmente sea carne del sistema.

Yo nunca voy a presentarme como un antagonista del sistema. Soy funcionario del Estado, llevo dando clase en la universidad más de tres décadas, escribo en medios de comunicación… Me doy cuenta de que soy un sujeto que pertenece al mundo del arte en su versión más institucional. Otra cosa es que haya intentado, dentro de él, abrir ventanas y puertas para que no suceda siempre lo mismo. Eso sí, hay que saber si uno se vuelve un cómplice de las peores prácticas del sistema. Se debe tener consciencia de si uno es un colaboracionista, si uno en realidad está intentando mover o modificar los propios marcos de ese sistema para ofrecer espacios de cierta resistencia interior o si sencillamente es alguien que es un happyflower de la vida sometido a esta psicología positiva que nos domina y en la que no nos estamos enterando de nada. Yo siempre he tenido como referencia a Adorno y él hablaba de una dialéctica negativa que no sostiene la totalidad, sino que trata de abrir espacios de diferencia. Y he tenido que tirar por ahí.

Como crítico entiendo que el arte es un laboratorio social, un sismograma de lo que pasa. Gracias al arte uno puede saber cómo tiembla la época. Para mí, el arte nunca ha sido un espacio decorativo. No entiendo la estética como un juicio de gusto. Yo carezco de todo tipo de gusto. Me interesan los procesos culturales que nos permiten avanzar y qué procesos intensifican la experiencia colectiva. Hay situaciones en las que he entendido que no debía participar en proyectos que me parecían putrefactos e indignos.

Yo he trabajado como periodista y creía que debía estar en el periódico que respondía a mis ideales políticos. Luego vi que en esos medios de comunicación el conocimiento político brilla por su ausencia. He pasado de El País al ABC. En muchos casos yo era utilizado por el medio ya que les venía bien tener una figura tan friki como la mía pero otras veces era yo quien los utilizaba a ellos para decir las cosas que veía oportunas. 

¿Defiende que el arte tenga un trasfondo político a diferencia de artistas como Andy Warhol que renegaban de él?

Sin duda. Aunque Warhol tiene un poderosísimo perfil político, si bien es verdad que está un tanto camuflado. Warhol nos vendió la idea de que él sería una máquina grabadora que reflejaba el capitalismo de consumo. Sin embargo, hay una posición intensa del deseo. Es un homosexual que tiene que camuflar y reprimir su propia sexualidad. Hay una lectura psicoanalítica de Warhol donde lo aparentemente apolítico corresponde con una política que tiene que ver con debates de la teoría queer y la diferencia sexual contemporánea. 

Habla del desastre del capitalismo que lleva a la destrucción. Solo hay que ver a los superstars que representa. Marilyn Monroe es una suicida, Elvis Presley muere prematuramente, a JFK le asesinan… Hay algo conspiranoico ahí donde vemos la sonrisa warholiana y las latas de sopa Campbell, que a mi parecer están envenenadas. Allí donde parece que hay menos política es precisamente donde aparece. Yo creo que el arte es inevitablemente político desde su aparición. Para mí, el arte surge en el siglo XVIII gracias al periodismo y la opinión pública. Además emerge la burguesía y es una lucha contra el absolutismo.

Comparto la teoría de crítica de Baudelaire que dice que la crítica es “parcial, apasionada y política”. No hace falta leer a Aristóteles para comprobar que toda la gente que se declara apolítica es totalitaria. Es rascar un poco y ver que tienen el mismo comportamiento que tenía Franco cuando dijo “haga como yo no se meta en política”. Cuando Manuel Fraga dijo “yo soy el animal político” estaba haciendo alusión a Aristóteles. Decía Aristóteles que solo un loco o un dios no vive en una polis. Todos somos políticos. 

Si entendemos como político a Pablo Casado, Albert Rivera, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias claro que el arte no debe ser político. Los líderes actuales son unos analfabetos funcionales. Es que son catetos. Hasta los más jóvenes políticos cuando van a hablar de cultura hacen que se te caiga la cara de vergüenza. Cuando Pablo Iglesias va a hablar de política o de cultura agarra una guitarra y te toca una de Sabina. O si te van a recitar un poema eligen el último de Labordeta o uno de Mario Benedetti. Tienen unos clichés artísticos de llorar. A Pablo Casado si le diera una ventolera de cultura y se atreviera a hablar supongo que mencionaría a Teresa de Ávila, a Hernán Cortés y quién sabe quién. O Tierno Galván, que es querido por muchísima gente, era en realidad una momia en vida. Hay tal cantidad de caspa cultural que no hace falta ir a Baqueira para esquiar. 

Pero es que no tiene nada que ver con eso. El arte es una búsqueda de sociabilidad, de sentimiento, de reflexión, de la forma de habitar. A mí no me ha interesado nunca el arte político cuando solamente es panfletario. También le reconozco sus virtudes pero no puede ignorar su tensa relación con la propaganda. El nacionalsocialismo entendió que la forma más elevada del arte es la propaganda y así lo desarrolló con El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl. 

Hay un nombre que se repite mucho tanto en su libro como en boca de la mayoría de críticos de arte: Duchamp. ¿Por qué él?

Por la radicalidad de su planteamiento. Su famosa fuente es el origen de los ready-made y nos enseña que un objeto cotidiano puede convertirse en una obra de arte. Duchamp es un referente porque ya no solo plantea “qué es el arte” sino también “cuándo hay arte”. Algo se convierte en arte no porque el artista sea genial o porque siga parámetros de belleza. Es arte porque se coloca en el sistema del arte. Por eso, cuando hablo del marco del arte creo que Duchamp debe estar ahí.

Hay muchos profesores que dicen que Duchamp creó un relativismo en el que “todo vale” o “todo es arte”. Sin embargo, yo creo que marcó un espacio que permite que algo sea enfocado de cierta forma. Nosotros estamos conversando e intercambiando ideas en una tarde de la primavera madrileña. Pero deja de ser una conversación entre amigos y adquiere una condición diferente ya que existe un marco institucional en el que tú vas a grabar la entrevista, editarla y publicarla en el periódico. El periódico es el pedestal que hará que una conversación banal y espontánea adquiera una cualidad que funcionará como opinión intelectual. 

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