sábado 29/1/22

La cárcel de cristal de Juana: 13 años aislada del mundo para no morir infectada

Su drama comenzó hace 30 años al entrar en contacto con patatas tratadas con antigerminantes. Vive en un espacio de 25 metros habilitado en su casa de Chiclana (Cádiz). No puede tocar a su familia, ver la televisión, leer un libro electrónico... Así es la vida de esta mujer con sensibilidad química múltiple, fibromialgia, síndrome de fatiga crónica e indicios de electrosensibilidad

La cárcel de cristal de Juana: 13 años aislada del mundo para no morir infectada - EL ESPAÑOL
La cárcel de cristal de Juana: 13 años aislada del mundo para no morir infectada - EL ESPAÑOL

“En unas semanas nace mi primer nieto. No sé siquiera si voy a poder abrazarme a él en algún momento de lo que me quede de vida”.

Según informa Andros Lozano en EL ESPAÑOL, Juana Muñoz -pelo cano, voz débil- lo recuerda con nitidez aún hoy, una tarde lluviosa de finales del mes de marzo. En su memoria parece como si no hubieran transcurrido ya cerca de tres décadas.

Cuenta que fue un hecho corriente el que provocó que, 16 años años después, ella tuviera que dar el paso de vivir sin contacto con el mundo en un habitáculo sellado de 25 metros cuadrados. Sin teléfono móvil, sin televisión, sin libros, sin radio... sin nadie.

Corría el año 1989. Por aquel entonces Juana era una joven madre de 25 años que vivía junto a su marido y su bebé en una casa de campo a las afueras de Conil de la Frontera (Cádiz), a cinco minutos de la playa.

Una mañana, la mujer dejó durmiendo en la cuna a su niño, de un año, y se dirigió al garaje, donde su marido guardaba en cajas las patatas de la última cosecha. Juana quería llevarse varios kilos a la cocina para no tener que andar yendo y viniendo cada poco.

Juana fue sacudiendo con sus manos el polvillo que recubría la piel de los tubérculos. Era un antigerminante, un producto químico utilizado por su marido para evitar que las patatas almacenadas germinasen, para evitar que se picaran y conseguir así que mantuvieran la piel sin arrugas.

La mujer, tras limpiarlas una a una, las fue introduciendo en un cesto. Pero en un instante determinado comenzó a picarle el ojo derecho, que se lo rascó con el hueso saliente de la muñeca. Tuvo la sensación de que dentro le había salido un pequeño bulto.

Sigue leyendo este reportaje completo en EL ESPAÑOL

Comentarios