miércoles 21/10/20

Drogas, largas noches y un amor imposible: La historia que esconden Lydia Lozano y todo 'Sálvame'

La cantante francesa Juliette Gréco ha muerto esta semana tras una larga vida y una historia de jazz, drogas y largas noches en París con un amor imposible
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Drogas, largas noches y un amor imposible: La historia que esconden Lydia Lozano y todo 'Sálvame'

En shock se debe de haber quedado Lydia Lozano al conocer esta semana la muerte de la cantante francesa Juliette Gréco, cuya historia de drogas y un amor secreto, no ha merecido ni una mínima mención por parte de la colaboradora en su programa 'Sálvame'.

La cantante francesa Juliette Gréco ha muerto este miércoles a los 93 años tras casi 70 años de carrera musical, según han informado los medios franceses.

Apodada por la prensa como 'La musa de los existencialistas', se hizo famosa por temas como 'Si tu t'imagines', 'La Javanaise' y 'Déshabillez-moi' y participó en películas como 'Las raíces del cielo' o 'El sol sale para todos'.

Según recoge La Tercera, a principios de 1949, Miles Davis —de entonces 22 años— hacía sus primeras armas en el jazz como trompetista. Junto a Todd Dameron, emprendió un viaje a París con una pequeña banda, la que tocaría alternadamente con Charlie Parker.

Según registra en sus memorias, Miles, la autobiografía —coescrita por Quincy Troupe y publicada en 1990—, en Europa compró trajes a la medida y fue tratado de una manera tal, que sintió que la vida le sonreía. Fue un viaje que, consideró, cambiaría para siempre su forma de ver las cosas.

Era solo una gira. En Estados Unidos tenía una familia con Irene Birth, la joven que conoció en la escuela secundaria, y el plan siempre fue volver luego de tocar en el Festival de Jazz de París junto a Todd, Kenny Clarke, James Moody y el bajista francés Pierre Michelot. Pero el destino quiso que sus días en la Ciudad de las luces fueran más que solo algunas presentaciones.

“Allí conocí a [Jean Paul] Sartre, [Pablo] Picasso y Juliette Gréco. Jamás en mi vida me he vuelto a sentir como entonces. Únicamente en dos ocasiones había experimentado algo parecido: cuando oí por primera vez a Bird y a Dizzy en la banda de B, y aquella otra vez con la gran orquesta de Dizzy en el Bronx. Pero entonces se trató únicamente de la música. Ahora era distinto: ahora se trataba de la vida. Juliette Gréco y yo nos enamoramos. Me importaba mucho Irene, pero nunca antes había sentido las cosas que por aquellos días me trastornaban”, dijo Miles Davis en su autobiografía.

“El milagro del amor”

Fue en uno de los ensayos de Davis y la banda, que conoció a la actriz de 21 años. “Ella venía y se sentaba a escuchar la música. Yo no sabía que era una cantante famosa, lo ignoraba todo. Simplemente, estaba tan bonita sentaba allí…: largo cabello negro, un rostro hermoso, menuda, estilizada, tan diferente a cualquier otra mujer que yo hubiese conocido… Distinta por su aspecto, diferente por su forma de comportarse….”, recordó Davis en su escrito.

Cautivado por la mujer, el trompetista preguntó a un sujeto del lugar quién era aquella muchacha. “¿Qué quieres de ella?”, le replicó. “¿Por qué he de querer algo de ella? Quiero conocerla”, respondió el músico. “Bueno, ya sabes, es una de esas existencialistas”, afirmó el hombre sin resolver la duda de Davis. "No me interesa lo que es. Me parece una chica bonita y quiero conocerla”, insistió Davis.

“La primera vez que Miles Davis vino a París fue en el Pleyel, un lugar en ruinas", recordó Juliette Gréco en una columna publicada en The Guardian en 2006, a propósito de los 80 años del natalicio de Davis, “No quedaban asientos, y de todos modos no habría podido pagar uno, así que Michelle Vian -esposa del compositor Boris Vian- me llevó a mirar desde los bastidores”.

"Y allí vislumbré a Miles, de perfil: un verdadero Giacometti, con un rostro de gran belleza. Ni siquiera hablo del genio del hombre: no hacía falta ser un erudito o un especialista en jazz para que te impresionara. Había una armonía tan inusual entre el hombre, el instrumento y el sonido, era bastante demoledor. Miles era un espectáculo en sí mismo: siempre se vestía de una manera muy clásica, no como se vistió más tarde”, añadió la actriz y cantante recurriendo a su memoria.

Miles Davis se cansó sde esperar que alguien los presentara, así que un día de ensayo, esperó a verla. “Simplemente levanté el dedo índice y le hice una seña para que se acercara, y se acercó. Conseguí hablar con ella y me dijo que no le gustaban los hombres, pero le gustaba yo. A partir de aquel momento estuvimos siempre juntos”, afirmó el músico en su libro.

“Conocí a este hombre, que era muy joven, como yo. Salimos a cenar en grupo, con gente que no conocía. Y ahí estaba. Yo no hablaba inglés, él no hablaba francés. No tengo ni idea de cómo nos las arreglamos. El milagro de amor”, relató Gréco en su dedicatoria a Davis. “Nunca en la vida me había sentido de esa manera. Era la libertad de estar en Francia y de que me te tratasen como un ser humano, como alguien importante. Incluso la banda y la música que interpretábamos sonaban mejor allí”, rememoró el músico.

Juliette y Miles solían pasear por la orilla del Río Sena. Se tomaban la mano, se besaban y se miraban a los ojos. El idioma pasaba a segundo plano porque de alguna forma conectaron y las palabras parecían estar de más.

“Era como cosa de magia, casi como si me hubieran hipnotizado, como si estuviera en una especie de trance. Todo aquello yo no lo había hecho nunca. Estuve siempre tan inmerso en la música que no tuve tiempo para romances de ninguna clase. La música había sido la totalidad de mi vida hasta que conocí a Juliette Gréco y ella me enseñó lo que era amar a alguien al margen de la música”, afirmó el ícono del jazz.

“Juliette fue probablemente la primera mujer a quien amé a un nivel de igualdad entre seres humanos. Era una persona ideal Teníamos que comunicarnos, sobre todo, a través de expresiones, gestos, lenguaje corporal. Conversábamos por medio de los ojos, de los dedos, no sé si me entiendes. Cuando te comunicas así, sabes que la persona no finge ni miente. Te vales de sensaciones y sentimientos. Era abril en París. Sí, y yo estaba enamorado”, confesó en el libro publicado un año antes de su muerte.

Su amigo y colega Kenny Clarke, quien se desempeñaba como baterista, le advirtió a Miles que debía quedarse en Francia, pues era allí donde lo veía feliz. “Me dijo que era un imbécil si regresaba a Estados Unidos. A mí también me dolía, porque cada noche iba a los clubes con Sartre y Juliette y nos sentábamos en las terrazas de los cafés y bebíamos vino y comíamos y hablábamos”, recuerda Davis sobre aquellas noches parisinas.

“Juliette me pidió que me quedara. El propio Sartre dijo: ‘¿Por qué no se casan Juliette y tú?’. Pero no lo hice. Me quedé una o dos semanas, me enamoré de Juliette y de París, y después me marché”, relató en su autobiografía. Una anécdota que Gréco recordó con algunos detalles más.

“Había oído hablar de personas como Sartre y Simone de Beauvoir cuando tenía 14 o 15 años, a través de mi hermana que era estudiante, pero nunca podría haber imaginado que algún día estaría cerca de ellos. Sartre le dijo a Miles: ‘¿Por qué no se casan usted y Juliette?’ Miles dijo: ‘Porque la amo demasiado para hacerla infeliz’. No se trataba de que él fuera infiel o se comportara como un Don Juan; era simplemente una cuestión de color. Si me hubiera llevado de regreso a Estados Unidos con él, me habrían insultado”.

La heroína como refugio para un corazón roto

Miles Davis decidió regresar a Estados Unidos. Kenny Clarke lo acompañó al aeropuerto en un día en que abundaron las caras tristes, sobre todo, la del mismo Miles. Sentía una pena tan profunda que no fue capaz de hablar con nadie en el trayecto de Francia a Norteamérica.

“Tan deprimido seguía cuando regresé que, antes de que me diera cuenta, tenía una adicción a la heroína de la que me costó cuatro años desengancharme, y por primera vez me encontré sin control, cayendo más deprisa que un hijoeputa hacia la muerte”, relató Davis en sus memorias.

“Yo quería realmente a Irene y todo eso. Era una persona encantadora, una buena mujer, pero para otro. Una dama distinguida, de auténtica clase. Fui yo quien necesitó algo diferente. Fui yo, no ella, quien empezó a echarlo todo a perder. Después de conocer a Juliette me pareció entender lo que deseaba en una mujer. Si no tenía que ser Juliette, tendría que ser alguien con su misma manera de mirar la vida y su mismo estilo, tanto en la cama como fuera de ella. Juliette era independiente, pensaba por su cuenta, tenía ideas propias, y eso me gustaba”, rememoró el hombre de Kind of Blue.

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