jueves 28.05.2020

Cada día 29 de febrero será ya el día de Margarita Salas para la ciencia

El homenaje que se ha brindado a Salas en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo coincide de forma simbólica con el fago 29, el virus al que consagró su trayectoria investigadora
Cada día 29 de febrero será ya el día de Margarita Salas para la ciencia
Cada día 29 de febrero será ya el día de Margarita Salas para la ciencia

Cada 29 de febrero, un día que solo existe cada cuatro años, se dedicará a partir de ahora a recordar con actos de homenaje a Margarita Salas, fallecida el pasado mes de noviembre a los 80 años, una mujer pionera en su campo y una de las principales referencias de la ciencia española en las últimas décadas.

Así lo ha anunciado este sábado la presidenta del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Rosa Menéndez, durante el homenaje que se ha brindado a Salas en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo en una fecha –29F- que coincide de forma simbólica con el fago 29, el virus al que consagró su trayectoria investigadora.

Este primer homenaje, organizado por el CSIC y el Gobierno asturiano, pone en valor, según Menéndez, la figura de la científica española más emblemática de la historia, una mujer “rigurosa y que buscaba la perfección” y que contaba con una personalidad “sobria, discreta e inteligente”.

Su carácter de pionera en un mundo científico copado por hombres hace necesario recordar, a su juicio, a una investigadora “que se ganó el respeto de todos”, que defendió “rabiosamente” a lo largo de su trayectoria la necesidad de invertir en ciencia y que enseñó “el camino a seguir en España” en el ámbito investigador.

La científica asturiana dará nombre al Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC mientras que el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, al que siguió acudiendo prácticamente cada día hasta su muerte, contará con un busto dedicado a Salas, ha anunciado además la presidenta del CSIC.

En el acto ha intervenido también Lucía, la hija de Margarita Salas y del también científico Eladio Viñuela, que, al borde de las lágrimas, se ha comprometido a mantener el legado científico de su madre para que perdure “para siempre” y ha hecho extensivo el homenaje a todos los que dedican su vida “al servicio de la educación, la investigación y la innovación”.

“En estos tiempos es fundamental que se siga apoyando a la ciencia. Un país sin investigación es un país sin desarrollo“, ha señalado Viñuela, a la que han acompañado dos de los principales discípulos de su madre, el catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Oviedo Carlos López-Otín y Luis Blanco, firmante junto a Salas de la patente del fago 29.

López-Otín ha admitido que no conocía a Salas el día que asistió a su primera clase -por las que no cobraba- y en la que, “con tiza y pizarra”, lo embarcó “en un viaje de conocimiento” que cambió su vida y le demostró que enseñar ciencia “no es solo explicar lo que han hecho otros cien años antes”, sino también lo que se desconoce.

Además, ha destacado el permanente rigor y la legendaria austeridad de una investigadora que lo que más valoraba era el reconocimiento de sus discípulos, algo que obtuvo durante su vida y que compensa incluso, a su juicio, que la discípula de Severo Ochoa no fuera reconocida como su maestro con un premio Nobel.

Salas comenzó a estudiar el fago o bacteriófago Φ29 (phi29) en 1967 y descubrió que una proteína (DNA polimerasa) de este virus era capaz de amplificar el ADN de forma rápida y sencilla, lo que supuso una revolución para la genética molecular y la medicina forense, entre otros campos.

Esa técnica permitió amplificar las muestras más pequeñas de ADN en cantidades suficientes para hacer un análisis genómico completo y hoy en día se usa en aplicaciones que van desde el estudio de microbios, al análisis del desarrollo embrionario, la catalogación de fósiles o en el trabajo de los forenses.

Esta patente, obtenido en Estados Unidos en 1991 y en Europa seis años después, ha sido la más rentable de la historia de la ciencia española de forma que solo entre 2003 y 2009 supuso más del 50 por ciento de los beneficios anuales del CSIC.

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