sábado 07.12.2019

Podemos arranca este año 2019 con el reto de mantener su poder municipal y autonómico

Su próxima prueba serán las elecciones municipales, autonómicas y europeas de mayo, pero esta vez con un tablero mucho más fragmentado en el que hay que contar con que la irrupción de Vox en Andalucía puede ser el preámbulo de la entrada de la extrema derecha en el panorama político nacional

Podemos arranca este año 2019 con el reto de mantener su poder municipal y autonómico
Podemos arranca este año 2019 con el reto de mantener su poder municipal y autonómico

Podemos comenzó 2018 a cuestas con el fracaso en las elecciones catalanas del 21D y arranca el 2019 buscando las causas del fiasco en Andalucía, donde también ha visto afirmado por las urnas el desgaste que apuntan las encuestas y la factura que le pasa su estrategia frente a la crisis en Cataluña.

Su próxima prueba serán las elecciones municipales, autonómicas y europeas de mayo, pero esta vez con un tablero mucho más fragmentado en el que hay que contar con que la irrupción de Vox en Andalucía puede ser el preámbulo de la entrada de la extrema derecha en el panorama político nacional.

Frente a ello y ante la posibilidad de un adelanto de las elecciones generales, lo que Podemos ya tiene cerrado es el liderazgo de Pablo Iglesias, quien se ha despedido de 2018 con unas primarias sin ninguna competencia que le han reelegido como candidato a La Moncloa rodeado en la lista de sus colaboradores más cercanos.

Pero también han dejado en evidencia que las fisuras internas no están superadas: Ni Anticapitalistas ni "errejonistas" -las dos corrientes críticas del partido- ocultaron su desacuerdo con unas primarias que consideraban extemporáneas por mucho que Iglesias alertaba de un posible adelanto electoral si no salen adelante los presupuestos.

"El día que me digáis que mi puesto debe estar en otro sitio, no me costará nada", decía Iglesias a su dirección a principios de enero de 2018 y doce meses después nadie se lo ha dicho, porque pese a la baja participación -al borde de lo imprescindible para que las primarias fueran válidas- las bases le han ratificado.

No sólo en diciembre. También lo hicieron en la consulta de mayo pasado en la que Iglesias e Irene Montero preguntaron a sus militantes si debían dimitir de sus cargos después de haberse comprado un chalé de 600.000 euros en la sierra madrileña de Galapagar.

Aquella consulta dejó muchas heridas: más del 68 por ciento respaldó a Iglesias y a Montero, pero uno de cada tres militantes se pronunció a favor de su dimisión, lo que demostró que también las bases -y no sólo los votantes- viven una suerte de desencanto.

La brecha interna no pasó desapercibida.

Hasta el alcalde de Cádiz, José María González 'Kichi' -una de las caras más visibles de Anticapitalistas junto a la líder andaluza, Teresa Rodríguez, y el eurodiputado Miguel Urbán- puso por escrito que el no quería "dejar de vivir en su piso de currante" ni parecerse "a la casta" que vinieron a desalojar.

Con todos los componentes de una telenovela, la polémica copó los telediarios, justo lo que Iglesias no se cansa de repetir que no debe ocurrir, porque quiere que los problemas de casa se laven en casa y no en los medios de comunicación.

Algo que no pudo evitar tampoco un mes antes cuando -por error- la cofundadora del partido Carolina Bescansa difundió un documento que proponía a Íñigo Errejón una operación para desbancar a Iglesias de la dirección de Podemos y que ella pudiera optar a la Secretaría General del partido en 2020.

Hubo consecuencias y Bescansa siguió apartada de la primera línea mientras que Errejón -que se desvinculó del documento- optó por dedicarse de lleno a su candidatura a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, cada vez más alejado de la cúpula estatal.

A Bescansa aún le quedaron ganas de competir por el liderazgo de Podemos Galicia, aunque también sin suerte. Perdió frente al portavoz de En Marea, Antón Gómez-Reino, más cercano a la dirección 'pablista', y este año la diputada gallega abandonará el Congreso cuando acaben los trabajos de la comisión que investiga la financiación del PP de la que forma parte.

La salida de Bescansa del Congreso, la ubicación de Errejón en la política autonómica o las tiranteces con los Anticapitalistas de Teresa Rodríguez, son ejemplo de que el Podemos de hoy es muy distinto del que dio la campanada en 2014 consiguiendo de la nada cinco escaños en unas elecciones europeas.

Este enero Podemos cumplirá cinco años desde su nacimiento y muchas cosas han cambiado, dentro del partido -incluidas las caras- y también fuera.

Antes se reivindicaban como vacuna contra la extrema derecha y ahora tienen que lidiar con la entrada de Vox en la política andaluza, y quien sabe si pronto en otros territorios.

Una de sus asignaturas pendientes sigue siendo no haber sabido colocar en la agenda los temas sociales y verse penalizado por su posición frente a la crisis política en Cataluña, mientras la derecha saca rédito al debate emocional.

Que el líder de Podemos hable de 'presos políticos" o su visita a Oriol Junqueras (ERC)en la cárcel ha servido de munición a sus adversarios políticos; y algunos en la dirección admiten que la llamada a la "alerta antifascista" de Iglesias puede no ser la fórmula para recuperar el voto perdido.

Ahora se plantean, según explican a EFE fuentes de la formación, modular el tono y el mensaje y algunos piden ya en los órganos internos que se entienda que su proyecto es para España y no es aliado de los independentistas.

Si lo consigue -nada fácil con el juicio del procés a la vista- tendrá algo de terreno ganado en el próximo ciclo electoral, en el que pretenden mantener su poder municipal en las llamadas ciudades del cambio.

Victorias que dependen de Manuela Carmena en Madrid y de Ada Colau en Barcelona, a quienes en buena parte está supeditado por el éxito de Podemos.

Su plan es entrar también en los gobiernos autonómicos, pero ya saben además que deberán entenderse con otras fuerzas políticas y ser capaces de gobernar en coalición.

De momento, con cinco años a sus espaldas, Podemos sigue entonando el 'sí se puede', aunque ahora no sea para echar a la casta, sino para reivindicar que la moción de censura para echar al PP o la subida del salario mínimo no serían posibles si no se las hubieran "arrancado" al Gobierno. 

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