Sábado. 19.08.2017
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Pablo Gómez-Juárez
09:24
12/08/17

Abracadabra

En verano es costumbre acudir al cine con alguna prenda en la mano de manga larga y más propia de la primavera que del estío. Así se consigue evitar un resfriado inesperado por culpa de los aires acondicionados de gran potencia que circulan por las salas de proyección. Accedes al local con la camiseta más fina que has encontrado en el armario porque en la calle la escasa brisa que se mueve no refresca, sino que flamea, y al entrar al cine te pones esa chaqueta fina y multiusos de siempre.

Este pasado miércoles no ocurrió así. Yo no había llevado ninguna prenda extra, fiel a esa falta de previsión que se suele agudizar en agosto por el entorpecimiento neuronal que instiga el calor sofocante. Dio igual, me pasé toda la película sudando como un pollo. Es posible que, siendo la entrada más económica por tratarse del día del espectador, el cine optase por prescindir del gasto de la climatización para compensar sus beneficios económicos, aunque aquello derivase en una reclamación por parte de dos señoras jubiladas que estuvieron todo el rato agitando sus folclóricos abanicos.

Pero, pese a todo, me divertí mucho viendo Abracadabra, la última obra del cineasta vasco Pablo Berger.

En toda película española que se tercie acostumbro a fijarme en los créditos iniciales para ver qué instituciones públicas han colaborado financieramente en su producción. Es un interés que sembré a lo largo de los cuatro años que trabajé en la Secretaría de Estado de Cultura gestionando el capítulo de inversiones en espectáculos y artes escénicas. Pues bien, concretamente esta película dispone de una doble subvención. Por un lado, el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA) del Gobierno de España le concedió 1,4 millones de euros, y por otro, el Institut Català de les Empreses Culturals de la Generalitat de Catalunya, le confirió otros 25.000 –pequeña, pero no simbólica cantidad–.

Los logotipos de ambas instituciones, uno con el escudo de España y otro con el escudo cuatribarrado de Cataluña, aparecieron sucesivamente en la pantalla, dos segundos cada uno, y entonces me froté los ojos, extrañado al comprobar que ambos organismos habían destinado sus recursos a un mismo fin.

A decir verdad, todos los actores están soberbios. Destaco a tres de ellos especialmente. Maribel Verdú, que borda el papel y que, a sus 46 años, continúa igual de radiante que siempre. Antonio de la Torre, uno de los actores que más ha aparecido en la gran pantalla durante los últimos años. Y, por supuesto, el mítico actor catalán Josep María Pou.

De Pou no he visto ni una sola interpretación mediocre, todas han sido buenas. Su voz le otorga una predisposición natural –casi biológica– para el desempeño del séptimo arte, mientras que su gran envergadura física le caracteriza y define con especial notoriedad. Pero, sin duda, lo mejor de él es su extraordinaria corrección y profesionalidad a la hora de realizar sus interpretaciones.

Pou no es un catalán al uso. Ni tampoco es un español al uso. Ni, en definitiva, es una persona al uso. Va por libre, a veces a contracorriente. Nunca se casó con el dogmatismo nacionalista que impera a nivel institucional en Cataluña. Tampoco profesó ninguna admiración ni connivencia con el procés. Eso le ha granjeado algún que otro disgusto, incluso puede que algún enemigo, pero afortunadamente nunca le ha perjudicado a la hora de recibir ofertas de trabajo, pues le llueven de manera constante, tanto en Barcelona, como en Madrid.

Josep María fue el catalán que leyó un fragmento de “Don Quijote de la Mancha” en el Congreso de los Diputados (el capítulo XLII de la segunda parte: “De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula”). Aquella intervención recibió el aplauso unánime de todos los allí presentes, muchos de los cuales jamás se han aproximado –ni de puntillas– a un modo de proceder tan ético y correcto como el que le indicaba don Quijote a Sancho en esas célebres frases extraídas de la gran obra de Miguel de Cervantes.

Pero, volviendo a la película Abracadabra, si ciertos parlamentarios –esta vez no de la Carrera de San Jerónimo, sino de la Plaza de Joan Fiveller– se hubiesen sometido a una sesión de regresión hipnótica como la que recibe Antonio de la Torre (“Carlos” en la ficción) en un salón de bodas de la periferia de Madrid, habrían encontrado, al final de esa escalera de descenso mental, la posibilidad de dar marcha atrás en sus posiciones a favor de un referéndum ilegal y tremendamente perjudicial para los intereses de Cataluña –palpable en aspectos tan evidentes como la huida de empresas–.

Pero claro, a esos osados les hubiera pasado lo mismo que a Jordi Jané y al resto de los “tibios”: la decapitación política instantánea y su relevo por cualquier otra persona menos inteligente pero más cobista.

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