Sábado. 25.03.2017
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Fernando Jáuregui
08:36
21/03/17

Una nación sin proyecto

Una nación sin proyecto

Imposible tomar el mejor camino cuando no se sabe hacia dónde se va. El problema de España viene siendo secularmente el mismo: no hay proyecto de nación, falta un esquema unitario, patriótico. Básicamente, porque nunca se pensó en el ciudadano; y, si no se nos tiene en cuenta a cada uno de nosotros, ¿cómo pensar que existe un esquema para el bien colectivo, más allá del tópico 'todo para el pueblo, pero sin el pueblo'? Y, así, puede que España viva momentos de bienestar coyuntural, de atascos en los 'puentes' festivos, pero de atonía moral. Ya nos dijo Bismarck, y pienso que sigue teniendo razón, que España es la nación más poderosa de la tierra, porque lleva años intentando destruirse sin lograrlo. Claro, ahora es Cataluña el punto concreto que suscita esta reflexión, pero podrían traerse muchos más ejemplos para demostrar que el nuestro es un país, con todo, afortunado, un buen barco velero que navega con buena mar y buen viento, pero cuyo timón gira sin manos expertas y firmes que lo manejen.

Pienso todo esto, desde luego que no por primera vez, cuando leo el artículo escrito conjuntamente por el presidente y el vicepresidente de la Generalitat de Catalunya, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, defendiendo un 'diálogo', que ellos tampoco practican, con el Gobierno central, y lamentándose de que tanto el PP como Ciudadanos y el PSOE -de Podemos no hablamos, por lo visto desoyen la necesidad de ese referéndum secesionista que aseguran que se consumará a lo largo de este 2017.

Todos los que saben están al cabo de la calle de las diferencias políticas entre los dos coautores, unas diferencias agravadas por la corrupción generalizada en la extinta Convergencia, a la que siempre perteneció Puigdemont, y que asquea al de Esquerra. Pero, claro, de eso tampoco se habla en el artículo escrito al alimón, o como quiera que se haya escrito ese texto a cuatro manos. El independentismo sirve de pegamento ante las divergencias, y Junqueras es, sin duda, mucho mejor político que el actual president de la Generalitat: por eso sabe tragar sapos.

No nos dicen si, al no poder sacar adelante su consulta, no al menos por la vía legal, convocarían elecciones anticipadas en la autonomía catalana. Pero ya vemos que sí hay un proyecto, aunque no todo él se contenga en un desplegable trasparente. Un proyecto que, al menos a mí, me gusta muy poco. Y que aterroriza al menos a unos cuantos miles de catalanes, si atendemos a algunas manifestaciones que, venciendo presiones, discurren por las calles de Barcelona, y a las que el independentismo más grosero quiere tildar de ultraderechistas y ultranacionalistas 'españolas'.

Hay pocos proyectos que oponer, 'desde Madrit', a ese 'procés' independentista, si es que hay proyecto alguno. Me preocupa no poco que Junqueras y Puigdemont, parece que con algunas reticencias por parte del primero, sean capaces de vencer divergencias y escribir un artículo conjunto, o de aparecer juntos, presidente y vicepresidente, allí donde y cuando, del lado constitucionalista, ni siquiera los miembros de un solo partido, y pienso en el PSOE, son capaces de juntarse para una fotografía. Así que en una foto negociadora con la Generalitat catalana integrada por los máximos líderes del PP, del PSOE y de Ciudadanos -de Podemos, ya digo, nadie explicita nada: ¿demasiada ambigüedad en este asunto?-, ya ni soñamos.

Y en eso, precisamente en eso, en esta cuestión que comento, y en otras -reforma constitucional, acuerdos institucionales, planteamientos en Europa...-, reside lo inquietante: tenemos un presidente del Gobierno que acumula prestigio entre sus colegas de la UE, básicamente porque no van quedando otros, pero que no dialoga lo suficiente con quienes comparten con él los planteamientos constitucionalistas. A Ciudadanos le ha incumplido el pacto de investidura y con el PSOE se limita a esperar a ver qué pasa, si Sánchez, Díaz o López, o qué, en las primarias; y, mientras, se limita a compartir telefónicamente diagnósticos pesimistas con el presidente de la gestora socialista, hombre sensato y de buena voluntad, pero quizá demasiado cansado para meterse de lleno en la pelea.

Claro que ¿qué podemos esperar cuando no se ha podido sacar adelante siquiera un decreto sobre la estiba que nos exige Europa? ¿Qué proyectos de futuro habrá cuando, en un debate parlamentario sobre la última 'cumbre' europea, nadie habla de otra cosa que de cuestiones de política interna para tirárselas a la impasible cabeza del inquilino de La Moncloa?

Lo peor es que la propia Europa parece haber perdido un tanto el norte, y no digamos ya lo que ocurre en los Estados Unidos, y es precisamente ahora cuando hacen falta países sólidos, fuertes, que puedan ejercer al menos un liderazgo moral y enorgullecerse de algo más que de recibir setenta millones de turistas al año. Que sí, que es algo muy bueno, pero no se vive solamente de paella, ladrillos y automóviles cuando falta ese proyecto nacional, además lastrado por la falta de iniciativas 'definitivas' sobre Cataluña, gran reto y problema que, a este lado del kilómetro seiscientos, nadie encara.

Al menos, que sepamos, porque la gran esfinge, que ha recorrido el país clausurando 'sus' congresos regionales, dice muy poco sobre sus planes, más allá de que no tiene ganas de convocar unas elecciones generales anticipadas... si no es imprescindible. Y quién sabe si el desconcierto generalizado en la oposición y la terquedad inflexible del 'procés' no acabará, haciéndolas de verdad imprescindibles. Y entonces, pues eso: que incluso si hubiese unas nuevas elecciones ¿se celebrarían para hacer exactamente qué, para poner en marcha cuál proyecto ilusionante de país?. Relean, relean ustedes algunos artículos de Ortega o, antes que él, de Joan Maragall, y entenderán que no es esta cuestión de este último cuarto de hora, del aquí y ahora átono que impera en nuestro secarral político.

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